jueves, 14 de marzo de 2013

Mejor abro las ventanas




El calor de invierno se debe a la posición que el sol tiene con respecto a la tierra durante esta estación; sus rayos caen en diagonal y su espectro de calor es más amplio, sin embargo si estás en la sombra al aire libre, notarás como un viento fresco  baja desde el norte.


En León ese viento aparece casi todo el año. A mi me gusta abrir las ventanas y dejar que me refresque. Nunca prendo el aire acondicionado, ni en el estacionamiento ni mucho menos cuando manejo con mis hijos.

Te voy a compartir dos buenas razones para no usarlo:

Lo que pasa dentro de un coche con aire acondicionado: Aspersor de enfermedades

Los médicos aseguran que las principales causas de enfermedades como rinitis alérgica y neumonía, empeoramiento del asma, gripes y resfriados, bronquitis, faringitis y afonía, son los bruscos cambios de temperatura a los que sometemos a los niños (vienen calientitos del colegio y los metemos de golpe a un refrigerador) y por la cantidad de hongos, bacterias y virus que se encuentran en los aires acondicionados. El aire acondicionado es también aspersor de elementos tóxicos procedentes del exterior o suspendidos en el aire de viviendas y oficinas.

Nuestro clima se seco y el aire acondicionado lo reseca aún más, lastimando los ojos, nariz, garganta o generando afecciones en la piel.

Y, aunque no es muy común, puedes tener en cuenta que también provoca problemas musculares como: tortícolis, dolor en la zona cervical, lumbalgia.

Lo que pasa fuera de un coche con aire acondicionado: Agotador de la Capa de Ozono

El factor principal para el agotamiento de la capa de ozono son las moléculas formadas por elementos como CLORO-FLUORO-CARBONO o HIDRO-FLUORO-CARBONO que son liberadas por los  refrigeradores, aires acondicionados, espumas plásticas, extintores de incendios y latas de aerosol.

Es una verdadera pena que para refrescarnos estemos calentando el mundo. Pero lo peor es que en 30 años nuestros hijos tendrán que lidiar con temperaturas de hasta 50° centígrados como consecuencia de nuestra irresponsabilidad.

Te invito a dejar que el viento corra por tu casa, por tu coche. Basta con abrir ventanas y puertas para que el viento juguetón nos refresque la vida. Y si por algo no circula, siempre está el abanico que podemos guardar en la guantera del coche.

Los niños y el planeta te los agradecerán, además de que darás un bello ejemplo de vida a tus hijos.

El espacio ordenado también educa




Cuando mi primer hijo nació me inquietaba el hecho de no tener nada para su cuarto, pero algo me decía que así debía ser, que su habitación iría creciendo de acuerdo a sus necesidades. Así pues me preparé con un bellísimo libro montessoriano que me regaló una generosa amiga. “Montessori from the start”.
La habitación propuesta consistía en un futón a ras del suelo, un cojín con forma cilíndrica y un móvil en blanco y negro. No había cuna y por ende no había barrotes. Y tampoco cambiador a pesar de la cara de sorpresa de mis amigas que hasta calentadores de toallitas húmedas habían comprado. Sólo una repisa de nichos con canastos en donde su ropita se ordenaba de acuerdo a sus funciones. Encima de ella un reproductor de Cds y un canasto con álbums de música clásica.
Conforme fue creciendo, agregué un espejo en la pared, allí pasaba largas horas mi chiquitín descubriendo su cara, sus gestos, su cuerpo. También observaba las luces de colores que refractaba un móvil hecho con cristales cortados en formas de prisma. Descubría los contrastes, el color, las luces, el movimiento.
Cuando comenzó a arrastrarse notó que el mundo no tiene límites. Bajaba solo de su futón para arrastrarse por su habitación, poco a poco fue explorando los confines de su hogar. Entonces coloqué varias imágenes plastificadas a la altura de sus ojos, no más de 10 centímetros del suelo. Veía obras de Van Gogh, Monet, Chagall, durante largo rato. En ese entonces también coloqué un canasto lleno de sonajas y otros instrumentos de percusión a los que acudía con frecuencia para sorprenderse con los sonidos.
Cuando comenzaba a gatear colocamos un toallero a 50 cm del suelo, en donde solía balancearse y jugaba a estar de pie. Descubrió que había otra dimensión. Entonces subimos las imágenes (que ya eran otras), a su nueva altura. Caminaba poniendo sus manitas por todas las paredes de la casa. Por supuesto no había nada que nos preocupara pudiera romper. En el librero familiar ya habíamos colocado en el primer estante todos sus libros y sabía que podía tomar todo lo que quisiera, pues nuestro interés primordial era permitirle que explorara el mundo.
Comía en una pequeña mesa con su silla a su medida, en esa mesa se sentaba a colorear y a trabajar con material sensorial creado en casa. Sus días transcurrían con absoluta normalidad, en casa no había reglas, la disciplina la generaba el orden.
Hoy mis niños tienen tres y siete años y conciben el movimiento como algo natural en la casa. Todo sigue estando a su altura, especialmente en sus espacios de recreación y descanso, en el que los juguetes están clasificados por ellos mismos en diferentes canastos, el de los coches, los superhéroes, los instrumentos, los bloques de construcción, etc.
El que ellos puedan acceder a su ropa, a la vajilla, a los libros, les permite ser autónomos, ordenados, colaboradores y cultos. Toda una preparación que muchos padres dejan para después. Si tan solo supieran que basta un espacio ordenado para ordenar la mente y ejercer la voluntad.








jueves, 13 de mayo de 2010

Iker va al mercado



El aprendizaje significativo conlleva un compromiso fuerte por parte de todos los adultos que intervenimos en la educación de los infantes. No es algo complicado, es simplemente situar y experimentar lo vivido durante las horas de cole ya sea en casa o en cualquier otro sitio extraescolar.
Recuerdo que en mi escuela primaria invariablemente, al iniciar el trimestre, escribíamos el dictado del que sería el temario de unidad: “El reino animal”, poníamos con nuestros primeros garabatos, para enseguida especificar los objetivos y los subtemas. Algo se quedaba de esa escucha que luego se reproducía de manera libre en el dibujo que representaba a aquél nuevo tema.
Mis padres revisaban cautelosamente lo que allí escribíamos y hacían hincapié a la hora de la comida en repasar lo visto en la escuela, no con la intención de evaluar sino con la curiosidad de quien se muestra interesado por tu saber. “¿qué has aprendido hoy en clase?”. Esos pequeños saberes adquirían otra dimensión cuando en el huerto de casa buscábamos bichos o cuando con el jardinero recogíamos las hojas amarillentas que marcaban el otoño.
El paso del líquido a gaseoso se vería reflejado en una serie de cubitos de hielo de infusión de flor de jamaica que luego saboreábamos para apalear el calor de verano y durante las granizadas recogíamos hielo para comprender la condensación del agua en las nubes y su veloz desprendimiento al paso de una ola de calor. Mi padre, experto en las áreas de física y matemáticas no perdía la ocasión para hacernos comprender que la velocidad es el resultado de la distancia entre el tiempo. Así durante los viajes contábamos los kilómetros marcados en los pibotes de la carretera siempre pendientes del reloj. Mi madre por su parte afirmaba que la cocina era el mejor laboratorio de química y física de nuestra casa, aún cuando la catástrofe nos llegaba porque la olla Express reventaba.
Nuestro hijo tiene la fortuna de aprender en una escuela en donde se le da absoluta importancia al aprendizaje in situ. Esta mañana, de la mano de su padre y de sus pequeños compañeros, Iker asistió al mercado. Allí observaron lo que durante la semana se ha trabajado en clase: La importancia de las profesiones, la cadena del comercio, el valor del trabajo.
Invito a todos los adultos a ser partícipes de este diario descubrimiento del mundo. Que cuando nuestros hijos nos digan: “hoy hablamos de los seres inertes” no nos quedemos quietos sino que salgamos al parque a recolectar tierra y piedrecillas, y hablar sobre lo animado, lo inanimado, lo que nace, se reproduce y se muere, lo que se modifica, lo que permanece… todo un mundo de conocimiento que puede hacer nuestro día verdaderamente apasionante.

sábado, 8 de mayo de 2010

Desarrollo de la autonomía del ser

El niño nace sin un patrón establecido de comportamiento que le permita reconocer las necesidades básicas de sobrevivencia; sus opciones en este sentido están limitadas.
La primera pregunta que los padres y maestros debemos ayudar a responder a los recién nacidos sería: “¿Qué es lo que me rodea?”. Su respuesta estará estrechamente vinculada con el desarrollo de las capacidades de exploración, orientación y orden.
Si se dan cuenta, no estamos hablando de dar respuestas conceptuales sino de prepara un espacio que le permita al infante experimentar los retos necesarios para que se vaya construyendo un mapa mental externo, al tiempo que desarrolla de manera interna el sentido de la dirección, distancia, tiempo y secuencia.
Una niña que ha sido bien acompañada por sus padres y otros mediadores del aprendizaje con seguridad llegará a los dos años con estos conceptos introyectados. No estoy hablando de leer el reloj, sino de comprender el orden externo de su mundo, dónde se encuentran las cosas, incluso reconocer un camino habitual a casa y señalar con certeza lo que ocurrirá después.
Pero lo más sorprendente es que internamente se está gestando algo maravilloso que está ligado al mundo emocional. Esta pequeña está experimentando la sensación de seguridad al percibir que la comida llega a la misma hora, que el baño se repite día a día, que antes de dormir se lee un cuento; además disfruta de la capacidad de ser autónoma al lavarse los dientes, quitarse el pijama o cortar con un cuchillo especial la manzana que va a merendar. Y por si fuera poco se inserta en el mundo social al colaborar recogiendo la mesa, poniendo su ropa sucia en el cubo y emparejando los calcetines limpios con papá antes de ir a dormir. Esto lo puede hacer cualquier niño de dos años que goce de todas sus capacidades, insisto, siempre y cuando cuente con unos padres que estén dispuestos a acompañarla y le hayan preparado el espacio adecuado para el aprendizaje.
El futuro de un niño que durante los tres primeros años de su vida se le retiene en un carrito, sillita, cuna o andadera, se le viste con ropa incómoda diseñada para muñecos de porcelana o personas adultas, se le habla con onomatopeyas y palabras cortadas como si estuviera mentalmente limitado para comprender, se le prohíbe tocar los objetos que están en casa y se le entretiene en una guardería rompiendo y desordenando juguetes, será muy diferente. La imposibilidad de experimentar el mundo le atrofiará en breve su capacidad natural de comprender lo que le rodea.
Los niños de 0 a tres años van experimentando el mundo concreto a través de sus sentidos y aprenden a reconocer sus características más palpables: formas, tamaños, colores, variaciones, olores, temperaturas, etc. Los papás y guías debemos apoyar enfatizando cada situación que le acerque al objeto de estudio haciendo siempre uso del vocabulario adecuado: “huele a pan”, “que grande está ese árbol”, “uy, que frío hace por la mañana”. Son cinco los aspectos que hay que reforzar en esta etapa de descubrimiento sensorial: manipulación, repetición, exactitud, control del error y perfección o maestría.
Una vez superada esta etapa (entre los dos y tres años) el niño comienza a cuestionar lo que no se puede percibir con los sentidos. Antes se creía que no era sino hasta los tres años cuando los pequeños se adentraban en el mundo del cuestionamiento, pero los que disfrutamos observando y registrando su desarrollo dentro de un ambiente preparado, hemos detectado niños de dos años que logran formular la pregunta de ¿qué es eso?, y los hay quienes llegan hasta cuestionar la causa con un simpático y retador ¿porqué?
Es entonces cuando se incluyen en el vocabulario palabras como el también, tampoco, nada o último. Y otras aún más complejas como querer, miedo, alegría, enfado, tristeza. Palabras vinculadas a las emociones que va viviendo y asocia a un nombre con la ayuda del adulto.
Pero hay un tercer grupo de conceptos que están relacionados con el mundo de la convivencia, sociabilidad y, me atrevo a incluir, religiosidad (que no es lo mismo que espiritualidad). Son una serie de normas impuestas por un grupo de individuos que nos indican cómo se debe vivir y convivir. Estas son tan vulnerables que han provocado muchos conflictos mundiales por la reinterpretación que cada cultura les da. Si todos los terrestres entendiéramos los términos de justicia, libertad, igualdad o respeto de la misma manera, hace mucho que nos ocuparíamos de cuestiones más trascendentes como el cuidado de nuestro planeta.
Por lo general estas normas no se memorizan, sino que se interiorizan con la convivencia diaria. Si papá minimiza a mamá, se habla a gritos en casa o los padres se dedican a servir a los hijos, el niño aceptará este modelo de convivencia sin ser capaz de juzgar si es bueno o malo. El problema surge cuando ese modelo de convivencia grupal no corresponde al modelo social o mundial. Entonces lo que nos parecía normal dentro de nuestra burbuja ya no lo es. A los cinco años el niño comienza a cuestionar esas normas pues se da cuenta que no todos actuamos de la misma manera. Y eso está bien, pues se va gestando el propio pensar. La labor de los padres y maestros en este momento es fomentar el diálogo para impulsar el pensamiento crítico. Y para evitar confundir a los niños entre el decir y el hacer (lo que más les molesta es nuestra incongruencia), sugiero que en lugar de preocuparnos sólo por adoctrinar a nuestros hijos con valores que se corresponden a un modelo específico de vida o religión, nos ocupemos al menos en ser ejemplo de respeto, igualdad y solidaridad. Que quien es bueno no necesita bandera ni título que lo acredite.

Periodos sensitivos

A lo largo de la historia de la Educación, grandes pedagogos han dedicado su tiempo a la observación del niño en su ambiente natural (aquél que por su armonía propicia el aprendizaje significativo), con el fin de captar los secretos del desarrollo y los factores que permiten potenciar sus capacidades y florecer sus actitudes positivas. Padres y maestros tenemos la fortuna de contemplar a los pequeños sumergidos en un mundo paralelo mientras realizan un trabajo, desempeñan alguna labor o participan en un juego.
Durante estos periodos de concentración absoluta el cerebro comienza a realizar conexiones neuronales que le permiten dar brincos cuánticos en el mundo del conocimiento. Su creatividad, imaginación pero sobre todo su comprensión se acelera.
Pero hay momentos en los que aparece una desaceleración en el proceso mental que se corresponden con los máximos niveles de desarrollo físico. Durante estos declives, por llamarlos de alguna manera, las conexiones neuronales pierden potencia pues el desarrollo corporal tiene prioridad. Es así como nuestros hijos parecen entrar en crisis, y nosotros con ellos si no logramos comprender la emergente situación.
Muy a menudo los padres acuden angustiados a los profesionales de la educación, cuestionándose cómo es que su pequeño de repente ha perdido concentración, atiende menos cuando se le habla, se rebela ante las normas y muestra pereza ante el estudio.
Desde la perspectiva del niño se vive una situación verdaderamente caótica pues son momentos en donde la duda crece, los miedos e inseguridad se hacen presentes, se potencian las angustias y quejas y se cuestionan mucho más las relaciones humanas.
No es una situación que les agrade ni que puedan controlar fácilmente. Se les conoce como preadolescencias ya que son similares a las que sufrirá de manera profunda años más tarde durante la adolescencia, en donde además las hormonas se disparan jugando un papel fundamental en el desarrollo sexual de los jóvenes y el cerebro sufre una literal poda neuronal.
Intentaré describir brevemente los periodos para ayudarles a distinguirlos cuando estos aparezcan, aunque cabe recordar que estamos hablando de situaciones dentro de los parámetros de lo “normal”. Y aunque estos pueden aparecer y desaparecer dentro del lapso indicado, sin necesidad de que se mantengan durante todo ese periodo, es posible observarlos con claridad. Es entonces cuando nuestros hijos necesitan más apoyo, acompañamiento, comprensión y respeto.
De los cero a los tres años se da el desarrollo del lenguaje, se sientan las bases para la autonomía e independencia y se potencian la mayoría de las habilidades psico-senso-motoras. Es vital hablarles con corrección, leerles cuentos, otorgarles pequeñas labores, permitirles realizar cuantas actividades puedan hacer solos: servir el agua, comer, ordenar su cuarto, caminar, trepar, palpar, oler, tocar.
Entre los tres y los seis años hay una desaceleración en la que se manifiestan pesadillas, fantasías mezcladas con la realidad, angustias y la primera rebeldía a las normas.
En este periodo hay que encauzar las fantasías con el desarrollo de la creación artística y acompañarlos a encontrar respuestas lógicas a sus miedos. Durante toda la infancia, pero sobre todo en este momento, debemos evitar que los niños vean series violentas que presenten personajes que tiendan a la maldad u oscuridad.
De los seis a los nueve años vuelve a acrecentarse la actividad neuronal, se dispara la imaginación, abstracción, colaboración y moralidad. Es cuando los problemas de índole ético se deben poner sobre la mesa; es tiempo para el diálogo, la argumentación, el trabajo en equipo, el planteamiento de problemas complejos a la vez que divertidos.
De los nueve a los 12, con el inicio de la adolescencia, se vuelven a cuestionar las normas y se sufre una apatía en torno al aprendizaje. Y aunque es el periodo más importante en el desarrollo psíquico y emocional del futuro adulto, la educación tradicional lo ha relegado. Y si quisiéramos atenuar la dolencia del adolescente deberíamos todos plantear un proyecto especial para ellos: trabajo físico y colaborativo de tal manera que puedan experimentar la sensación profunda del aprendizaje en equipo, al tiempo que recargan su cuerpo con la energía del ejercicio.
De los 12 a los 15 años, a pesar de seguir dedicando gran parte de su vitalidad a la actividad hormonal, logran desarrollar capacidades de cooperación solidaria, autoaprendizaje y confianza. El último declive –ya mínimo- se da entre los 15 y 18 años.
En todos estos años, como papás hemos de ser comprensivos, cariñosos y flexibles para adaptar las normas a las cambiantes situaciones. Pero al mismo tiempo debemos ser claros, constantes y consecuentes con los límites establecidos. De lo contrario, la duda y la angustia crecerán ante la sensación de incertidumbre y extravío.
Comenzar con un: “entiendo que te sientes molesto…” antes de reprocharles su actuar, podría suavizar una situación que sin duda se repetirá varias veces durante su infancia y adolescencia. Recordemos que, a pesar de su rebeldía, mantenerse en un marco de disciplina les da seguridad.

martes, 6 de abril de 2010

La mente absorbente aparca en la guarde

Dentro del proyecto montessori, al periodo que corresponde a los niños y niñas menores de seis años se le conoce como el de la mente absorbente. Seis años importantísimos en los cuales se gesta la personalidad, es decir, la forma en la que aprende a ser, a hacer, a aprender y a convivir. Durante esta etapa el infante elabora, a pasos agigantados, un mapa sensorial del mundo. Aprende a reconocer olores, texturas, sabores, formas, colores, sonidos, etc. Comienza a imitar el comportamiento social de los adultos y aprende o trasgrede (según el comportamiento de los progenitores) las normas que nos rigen. Comprende que todo se rige por los parámetros del espacio y tiempo, es decir, todo es medible, cuantificable, todo se puede ordenar y tiene secuencias y consecuencias lógicas. Demuestra una inclinación por el trabajo, le gusta colaborar en casa; para él lavar los platos, barrer la casa, limpiar los cristales, es mucho más divertido y emocionante que un juguete lleno de luces y sonidos. Si nosotros como padres y madres observamos todas estas características sabremos que si sacamos provecho de este saber imitar y trabajar, podremos encaminarlos hacia el mundo del buen comportamiento y de la disciplina positiva.
Sin embargo durante mucho tiempo nos han hecho creer que no es sino hasta los seis años cuando debe arrancar la educación formal de los niños. Es por ello que miles de guarderías no se ocupan de guiar al niño en el mundo social y los dejan a merced de sus instintos de sobrevivencia en un mundo carente de orden. Los invito a visitar estos lugares en donde juguetes se apilan en cestos gigantes, en donde las estanterías están en lo alto para que los niños no alcancen las cosas, en donde la única rutina es jugar y pintar sin salirse del dibujo impreso y en donde una sola maestra está a la merced de las necesidades primarias de veinte chiquitines.
Lo que el niño menor de seis años necesita es precisamente lo contrario. Requiere de un espacio ordenado en el cual pueda explorar y experimentar el mundo: a qué sabe esto, a qué huele lo otro, qué es más pesado, cómo se puede organizar por colores, qué maraca suena más fuerte, que música tiene un ritmo más rápido.
Pero para ello se requiere de un adulto (por cada 12 niños) que conozca a la perfección la línea del desarrollo de sus alumnos y se centre en preparar un proyecto en el cual todas estas habilidades y actitudes se desarrollen. Tiene que estar preparado para ser un guía en la etapa más sensible y aprehensible. Si es creativa y paciente sabrá enseñarlos a hacer las cosas por ellos mismos y en breve tendrá un pequeño microcosmos de una sociedad civilizada.
Lo mismo los padres y madres. Pero la tristeza me invade cuando me doy cuenta que el sistema en el que vivimos obliga a los progenitores a depositar a sus hijos e hijas más pequeños en lugares que les resulten cercanos o cómodos, que nos les quiten más tiempo. Y que encima no tienen fuerza y creatividad para planificar actividades que les permitan desarrollarse. Les servimos la comida o los cambiamos de ropa con rapidez porque no hay tiempo para supervisar a una niña de dos años quitándose con cautela la pijamita o vigilar la forma en la que salta el chiquitín de año y medio antes de salir a la calle.
Muchos docentes están levantando la voz para que las autoridades se enteren: esta etapa requiere de especial cuidado. No desean que su trabajo se reduzca al de ser asistentes sociales ni que sus aulas se conviertan en aparca-niños. No quieren que sus proyectos se vean opacados por la emergencia, con todo el riesgo que esto implica (físico, mental, emocional, social). Y sobre todo no quieren que sus alumnos y alumnas pierdan los mejores años para absorber un mundo de sensaciones e informaciones vitales para el resto de su vida. Pero las voces de muchos padres siguen acalladas. Lamento decirlo, pero hay una sensación por parte de los profesionales de la educación de que el compromiso de la familia es cada día más laxo; muchos de ellos se sienten solos y abandonados.
Hoy los vuelvo a invitar a voltear hacia abajo, a mirar con detenimiento, a observar la grandeza de cada niño, de cada niña. No permitan que les engañen ni permitamos engañarnos. La función de la educación (padres, madres y docentes) ser una ayuda para la vida. Si en algún momento perciben que en los centros de enseñanza en lugar de educar adoctrinan o que sus hijos e hijas en lugar de aprender a aprender memorizan, levanten la voz. Todos somos corresponsables en esta tarea de aprender a ser buenas personas.

viernes, 2 de abril de 2010

En la escuela de mi hijo se monta en burra

En el calendario de los padres españoles, marzo se marca con un MATRICULA en rojo y con mayúsculas. Sabemos que para los debutantes comienza el calvario de la búsqueda de escuela, el papeleo, la suma de puntos y las indagaciones en torno a las coles del barrio y sus posibles diferencias.
El año pasado como familia nos vimos envueltos en ese trajín. Estábamos inmersos en un modelo que restringe posibilidades, primero porque la libertad de elección se limita a la oferta que brinda el espacio físico. La mayoría de los puntos los otorga la cercanía al centro educativo. Si corres con suerte un buen centro concertado con un modelo alternativo al tradicional te puede tocar, pero para asegurarlo tienes que tener más puntos que la mayoría (familia numerosa, incapacidad, madre soltera…) de lo contrario el candidato a aprendiz entra a un concurso un tanto traumático para los padres. Sólo unos cuantos entran, el resto queda a merced de la mala suerte, y lo digo así porque entrarán en aquellos centros que fueron descartados como primera opción por decenas de familias y que por tanto tienen plazas vacías.
Pero son tan pocos los que ofrecen una educación alternativa que al final uno acaba dándose cuenta que la fortuna está en el o la maestra que le toque a tus hijos. Y así fue nuestro caso. Recuerdo que hace un año cuando escribí el artículo
El calvario de la escolarización recibí muchas cartas de padres preguntándome por escuelas o sobre los aspectos a tomar en cuenta para la buena elección del centro. Yo me considero una verdadera disidente de la educación pública tal como se encuentra estructurada en España. Lo digo a sabiendas de la controversia que esto puede generar. Bastaron tres semanas en una escuela pública para ver cómo el espíritu curioso de nuestro niño se iba apagando en una sillita verde de la cual no se podía mover en siete horas.
Son tan pocas las escuelas concertadas que ofrecen un proyecto alternativo al tradicional o las que logran sobrevivir cuando se ven obligadas a se ofertadas a familias que poco o nada se interesan por su proyecto pedagógico, que termina siendo todo un poco de lo mismo.
Como padres creemos firmemente que la educación es la única herencia que podemos dejar a nuestros hijos. Así que en lugar de invertir en cosas innecesarias o triviales, su dote se deposita mensualmente en una de las pocas escuelas que nos han conmovido.
La casita de Martín es un paraje muy lindo en medio de un bosque de altos bloques de pisos de verano. Un sitio en dónde los niños juegan aprendiendo y aprenden jugando. Las cabañas (aulas) con nombres de viento, luna, estrella, están inmersos en una granja y comparten el espacio con un monumental toro, una burra llamada Santa que los pasea con frecuencia, cuentan los huevos de las gallinas, descubren que la primavera se acerca observando la aparición de los azahares en los naranjos, cuentan cuentos en un Tipi, realizan murales con diversas técnicas y lo que es más maravilloso, disfrutan de las fiestas que los adultos preparan para ellos, pues en este centro los niños no se disfrazan para cantar un villancico sino que los padres representan un belén viviente, cantan, bailan y hasta tocan instrumentos para los niños. Es una verdadera comunidad educativa, de esas que quedan pocas. La clave: la calidez.
Nos quedan dos años más de tranquilidad, después habrá que pensar en la primaria. Confío que para entonces volveremos a encontrar un oasis como este.