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sábado, 18 de mayo de 2013

Disciplina como voluntad

Si una madre o un padre se proponen encontrar un libro en donde se exponga con claridad el tema de disciplina interior, lo van a tener difícil. Lo que seguramente encontrarán serán libros de cura instantánea a males emergentes en las familias y escuela: ´Cómo parar una rabieta´, ´Mi niño no me deja dormir´, ´La batalla diaria en la mesa´, ´El terrible momento de los deberes´. Títulos que francamente asustan pero que me permite describir con claridad la hipótesis que vengo sosteniendo desde hace tiempo: enseñamos a nuestras niñas y niños que la disciplina es algo que se aplica para regular un mal comportamiento, y no lo que realmente es, una fortaleza interna para actuar de manera libre y responsable.
Cuando aplicamos castigos como ´si no comes no salimos al parque´, lo único que estamos enseñando es a actuar por miedo, y más tarde pensará: ´no aparco en el paso de cebra porque me multan´. Lo ideal sería enseñarlos a pensar: ´aparco en el lugar que me corresponde para que los peatones puedan transitar sin problemas´. Ese pensamiento es propio de un ciudadano con alto grado de autocontrol y responsabilidad. Si nos damos cuenta el problema real de la disciplina no está en la incapacidad de asumir las normas, sino en la imposibilidad de comprender que en mi libre actuar puedo acarrear consecuencias graves para mi persona, el planeta y sus habitantes.
Cuando María Montessori, que era italiana, se planteó este problema tan latino, decidió que lo mejor que podía hacer era evitar mencionarlo. Erradicó de su modelo educativo todo aquello que tuviese relación con las formas autoritarias o paternalistas de disciplina, aquellas que depositan el control del individuo en los agentes externos como el miedo o el castigo y, a diferencia de todos los modelos educativos existentes, optó por acercarse al modelo oriental de disciplina interna que se engloba en una palabra inglesa muy corta pero muy profunda: “will”: voluntad, albedrío, posibilidad de ser.
Al realizar sus observaciones notó que los niños y niñas poseían una capacidad innata para auto controlarse cuando estaban concentrados en su trabajo y a partir de allí escribió una de sus máximas: ´el control del grupo se logra sólo a partir del trabajo´. Ideo entonces cinco estrategias para niñas y niños de cero a cinco años, que siguen siendo las bases de la disciplina en el método, y cuyo fin último es el de ayudar a florecer las actitudes y aptitudes propias de un buen ciudadano y lo que es aún mejor, de una buena persona. Son sencillas estrategias que pueden aplicar en casa y que van fortaleciendo el autocontrol físico, mental, emocional, social y espiritual (entiéndase como sentido de armonía con el universo).
Control del movimiento: Es necesario que el espacio en el que se va a producir el maravilloso milagro de caminar, esté adecuado para ellos. Guarden durante unos meses –no es más- todas las cosas rompibles y asegúrense de que las esquinas estén protegidas. Es todo. A girar, arrastrarse, trepar, gatear, caminar, correr, saltar... Está probado que los niños que han pasado su infancia entre las rejas de la cuna o la andadera tienen una visión limitada del espacio y sufren problemas relacionados con la distorsión de la realidad como equilibrio, coordinación, etc., sin mencionar los problemas emocionales. Nuestro papel es sólo el de ser acompañantes y vigías, pues aún no son capaces de alertar con precisión el peligro.
Delimitación espacio temporal: Es nuestro deber presentar a los niños y niñas un universo basado en el orden, para ello es necesario que identifiquen desde su nacimiento los límites físicos del espacio y tiempo, y por ende las normas para desenvolvernos dentro de ellos. Marcar continuamente dónde se come, a qué hora se duerme, qué sigue después del baño, en dónde pongo la ropa sucia. Ser consistentes en esto y procurar no confundir a los pequeños. Esto permitirá más tarde asentar los límites del comportamiento. Den largos paseos por el parque (andando) y muéstrenles las normas del peatón, por ejemplo.
Seguir de indicaciones: Los menores de cinco años aún no interiorizan el significado de la norma, pero sí son capaces de seguir indicaciones. Es por ello que, además de hablarles con propiedad y cortesía (usen siempre el gracias y el porfavor), hay que ser claros, concretos y muy breves en las indicaciones: ´A dormir´, ´ordena tus juguetes´. Me hacen mucha gracia los papás que en lugar de indicar les preguntan a sus hijos en el parque: ´¿nos vamos a casa?´ y luego se molestan cuando ellos, tirándose del tobogán y divertidos de lo lindo, responden que no. Si al niño desde pequeño se le dice de manera contundente, convincente y mirándole a los ojos: ´Nos vamos a casa´, el niño aprende que debe hacerlo. La obediencia es una virtud cuando no existe el factor del miedo. Evítense las explicaciones largas, antes de los cinco años no hay gran posibilidad de negociación, lo único que pueden hacer es recordar que es la hora del baño y que volverán otro día. No más.
Vida práctica: la responsabilidad es parte de la disciplina interna, es por ello que antes de los seis años se debe asumir con normalidad las labores que les corresponden por el mero hecho de vivir en una comunidad: recojo los platos sucios, ayudo a preparar la merienda, hago mi cama, guardo mi ropa. Los niños en las escuelas montessori realizan labores conocidas como ´vida práctica´. Aprenden a poner la mesa y a servir agua desde los dos años. Barren, limpian la pizarra. Y todo entendido desde la óptica de la colaboración. Nadie se queja.
Gracia y cortesía: Dar las gracias, pedir las cosas por favor, hacen al ser humano más concientes de la interdependencia. Todos nos necesitamos.
Y recuerden que no hay nada más efectivo que el ejemplo. Si los niños y niñas notan que nos tomamos nuestro tiempo para separar la basura y les explicamos lo importante que es hacerlo, ya estamos formando personas con una disciplina interna maravillosa. Los niños y las niñas deben asumir que la norma se sigue por un bien común. Ahora, si se toman en serio este proyecto, les aseguro que no tendrán que comprar libros para disciplinar al adolescente, explicar un divorcio, obligar a comer o enseñar a compartir; porque un niño que sabe guiarse por su voluntad (guía interna, decía María Montessori), no necesita explicaciones, lo entiende todo.

jueves, 14 de marzo de 2013

El espacio ordenado también educa




Cuando mi primer hijo nació me inquietaba el hecho de no tener nada para su cuarto, pero algo me decía que así debía ser, que su habitación iría creciendo de acuerdo a sus necesidades. Así pues me preparé con un bellísimo libro montessoriano que me regaló una generosa amiga. “Montessori from the start”.
La habitación propuesta consistía en un futón a ras del suelo, un cojín con forma cilíndrica y un móvil en blanco y negro. No había cuna y por ende no había barrotes. Y tampoco cambiador a pesar de la cara de sorpresa de mis amigas que hasta calentadores de toallitas húmedas habían comprado. Sólo una repisa de nichos con canastos en donde su ropita se ordenaba de acuerdo a sus funciones. Encima de ella un reproductor de Cds y un canasto con álbums de música clásica.
Conforme fue creciendo, agregué un espejo en la pared, allí pasaba largas horas mi chiquitín descubriendo su cara, sus gestos, su cuerpo. También observaba las luces de colores que refractaba un móvil hecho con cristales cortados en formas de prisma. Descubría los contrastes, el color, las luces, el movimiento.
Cuando comenzó a arrastrarse notó que el mundo no tiene límites. Bajaba solo de su futón para arrastrarse por su habitación, poco a poco fue explorando los confines de su hogar. Entonces coloqué varias imágenes plastificadas a la altura de sus ojos, no más de 10 centímetros del suelo. Veía obras de Van Gogh, Monet, Chagall, durante largo rato. En ese entonces también coloqué un canasto lleno de sonajas y otros instrumentos de percusión a los que acudía con frecuencia para sorprenderse con los sonidos.
Cuando comenzaba a gatear colocamos un toallero a 50 cm del suelo, en donde solía balancearse y jugaba a estar de pie. Descubrió que había otra dimensión. Entonces subimos las imágenes (que ya eran otras), a su nueva altura. Caminaba poniendo sus manitas por todas las paredes de la casa. Por supuesto no había nada que nos preocupara pudiera romper. En el librero familiar ya habíamos colocado en el primer estante todos sus libros y sabía que podía tomar todo lo que quisiera, pues nuestro interés primordial era permitirle que explorara el mundo.
Comía en una pequeña mesa con su silla a su medida, en esa mesa se sentaba a colorear y a trabajar con material sensorial creado en casa. Sus días transcurrían con absoluta normalidad, en casa no había reglas, la disciplina la generaba el orden.
Hoy mis niños tienen tres y siete años y conciben el movimiento como algo natural en la casa. Todo sigue estando a su altura, especialmente en sus espacios de recreación y descanso, en el que los juguetes están clasificados por ellos mismos en diferentes canastos, el de los coches, los superhéroes, los instrumentos, los bloques de construcción, etc.
El que ellos puedan acceder a su ropa, a la vajilla, a los libros, les permite ser autónomos, ordenados, colaboradores y cultos. Toda una preparación que muchos padres dejan para después. Si tan solo supieran que basta un espacio ordenado para ordenar la mente y ejercer la voluntad.








viernes, 12 de marzo de 2010

Y el tiempo se detuvo.


Llegué a Andalucía cuando mi niño recién cumplió los tres meses. Acababa de dejar la coordinación de un maravilloso Colegio Montessori en el cual aprendí durante un par de años a observar a los niños.
Desde la postura de María Montessori, es imprescindible observar antes de programar, crear o elaborar un trabajo para los pequeños. Son ellos quienes, desde su propio interés se van acercando al conocimiento. Por ello es tan importante respetar su ritmo y tendencias naturales.
Firme creyente de su filosofía, llegué a vivir a la tierra más anárquica y alejada de la postura montessoriana. El orden que sugiere para crecer con armonía reina por su ausencia en estas calles malagueñas. Recuerdo que los amigos se sorprendían cuando me negaba a mantener a mi hijo en la carreola a la intemperie después de las nueve de la noche en una terraza de algún bar. Los niños en esta tierra se adaptan al ritmo y espacios de los adultos y no al contrario.
En casa hemos tratado de que los niños tengan un horario establecido, una rutina que les de seguridad y les marque las pautas a seguir diariamente. En esta tierra se llega a pensar que esta forma de trabajar con los niños es demasiado rígida y probablemente podría llegar a serlo si no se tiene en cuenta -ante todo- el ritmo del niño, esos momentos mágicos en los que observamos que nuestros hijos e hijas están sumergidos en una actividad que los está acercando a un nuevo saber, a una forma diferente de entender su entorno.
Hoy tocaba el baño, como cada día, a las siete y media. Cuando me dispuse a avisarle a Iker que su tina estaba lista, observé desde la puerta del cuarto que estaba colocando las letras de imán con el esmero de quien desea aprender a escribir. Con sus tres años (muy entrados en cuatro) jugaba a formar palabras.
Era un pecado interrumpir ese momento mágico, ese periodo de concentración profunda (como lo llamaba María Montessori), así que paré el tiempo y disfruté observando a mi niño crecer.