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sábado, 18 de mayo de 2013

En el planeta florece respeto

`El futuro está en los niños´ es el slogan más popular entre aquellos que delegan la responsabilidad de cambio a las generaciones venideras. Y yo estaría de acuerdo con él si a partir de hoy los adultos asumimos que el cambio que tanto necesita nuestro planeta y nuestra especie, se gesta sólo si somos capaces de dar ejemplo de respeto, bondad y fraternidad.
Es con los pequeños detalles, con las acciones más sencillas, tales como el tono de voz, el respeto que mostramos a los demás seres humanos y al planeta, la forma en la que nos movemos o administramos nuestros bienes, el cuidado que ponemos en la selección de programas de televisión que entran al hogar o la elección de de los alimentos nutritivos que ofrecemos a nuestra familia, como se genera impacto en los niños y las niñas.
Quizá muchos no seamos conscientes de ello, pero la mayoría de nuestras acciones diarias contribuyen en el deterioro de nuestro planeta, desde la compra de productos elaborados en países en donde no se regula a las industrias, hasta el hecho de no cerrar una puerta correctamente durante el invierno. Y no se trata de sentirnos culpables todo el tiempo, sino de generar una conciencia ecológica que nos haga corresponsables.
Aquellos que intentan vivir de manera ecológica reconocen que es muy complicado ser verde en todos los aspectos. Tengo unos amigos que viven en el campo en casas ecológicas y aunque eso implica un alto consumo de gasolina para desplazarse a los pueblos más cercanos para realizar actividades cotidianas (trabajo, escuela, mercado, etc.), su forma de vida les ha llevado a ejercer una conciencia que les hace pensar dos veces antes de tomar el coche; antes de ello preguntan a sus vecinos si les hace falta algo del pueblo o si tienen aquello que necesitan. Por lo demás llevan una vida ecológica: dan los sobrantes de la comida (lo no comestible por el humano) a los pollos y conejos –que por cierto crecen de manera sorprendente y muy sanos-, hacen compostas para abonar sus olivos y para preparar la próxima siembra. Son cuidadosos de no generar mucha basura y aprovechan al máximo lo que llega a sus hogares. Tienen paneles solares con medidores visibles que les recuerdan -en los días nublados- si pronto llegará la hora de encender las velas. Por lo mismo son cautelosos. Los aparatos como la tele o el ordenador se reservan para las horas del día con más sol y evaden los calentadores eléctricos en épocas de invierno. En su lugar, enormes chimeneas calientan el hogar y procuran aislamiento del exterior: puertas cerradas y ventanas con cintas especiales.
Este es un ejemplo de un hogar sano, pero lo más interesante de todo ello es lo que de verdad impactará al mundo: hijas e hijos con un amor enorme por la tierra y por sus habitantes, que cuidan de su cuerpo con alimentos sanos y de su mente con actividades tan nutritivas como la lectura, la caminata, el cuidado de los animales y el trabajo en la tierra. Niños y niñas con un espíritu de armonía y paz.
Sé que para muchos de nosotros resulta imposible concebir esta forma de vida –no por poco deseable sino por que nuestras profesiones nos atan a la ciudad- y creemos que eso nos aleja de la posibilidad de llevar una vida verde. Pero no es así. Hay muchísimas cosas pequeñitas que se pueden hacer para reducir el impacto negativo que provocamos a nuestra madre Tierra. Pero insisto, lo más importante es que cuando lo hagamos aprovechemos la ocasión para potenciar en nuestros hijos e hijas el amor por su planeta.
Otorguen tareas como el reciclaje de plásticos, papel y vidrio a los más pequeños, a ellos les encanta colocar cada residuo en el basurero que corresponde; deleguen comisiones de cuidado de agua, electricidad y gas a cada uno de los miembros y ofrezcan una gratificación (coherente y prudente) a aquél que logre reducir el mayor gasto con respecto al recibo anterior. Así quien esté al cargo de la electricidad cuidará que no haya aparatos encendidos en modo de espera, que una luz se quede encendida, que la tele pase más de dos horas al día activa y que la secadora no se use en días de sol. A quien le corresponda la comisión del agua recordará a todos que las duchas tienen que ser rápidas, que el lavavajillas sólo puede encenderse una vez al día y en modo ´eco´, que las plantas se riegan al ocaso y que la lavadora sólo debe encenderse cuando esté a su máxima capacidad. El gas se cuida verificando que los grifos no estén apuntando hacia el modo “caliente” y que la salida del agua del calentador no esté al máximo. Para calentar la casa –ya sea con gas o con electricidad-, la mejor manera de ahorrar es impedir la entrada de corrientes frías (aislantes de puertas y ventanas) y cerrando las habitaciones que no se están usando, así la casa se calienta más rápido y se mantiene caliente aún cuando se apagan los calentadores. A aquellos que usan calefacciones generales, cierren las salidas de aquellas habitaciones en desuso y nunca suban la temperatura más allá de los veintiún grados, que para calor, está el verano.
La mayor contaminación del hogar la producen los productos de limpieza, hay muchos productos que podemos realizar en casa con vinagre, jabón natural y limón y, que además de eficientes, son muy baratos. En la página de Ecologistas en Acción nos informan cómo hacerlo, es química sencilla que se puede hacer con los jóvenes adolescentes del hogar.
Si ustedes muestran amor por el planeta lograrán que florezca el amor en sus hijos. Y a respirar aire puro que está demostrado que eso produce felicidad.

jueves, 13 de mayo de 2010

Iker va al mercado



El aprendizaje significativo conlleva un compromiso fuerte por parte de todos los adultos que intervenimos en la educación de los infantes. No es algo complicado, es simplemente situar y experimentar lo vivido durante las horas de cole ya sea en casa o en cualquier otro sitio extraescolar.
Recuerdo que en mi escuela primaria invariablemente, al iniciar el trimestre, escribíamos el dictado del que sería el temario de unidad: “El reino animal”, poníamos con nuestros primeros garabatos, para enseguida especificar los objetivos y los subtemas. Algo se quedaba de esa escucha que luego se reproducía de manera libre en el dibujo que representaba a aquél nuevo tema.
Mis padres revisaban cautelosamente lo que allí escribíamos y hacían hincapié a la hora de la comida en repasar lo visto en la escuela, no con la intención de evaluar sino con la curiosidad de quien se muestra interesado por tu saber. “¿qué has aprendido hoy en clase?”. Esos pequeños saberes adquirían otra dimensión cuando en el huerto de casa buscábamos bichos o cuando con el jardinero recogíamos las hojas amarillentas que marcaban el otoño.
El paso del líquido a gaseoso se vería reflejado en una serie de cubitos de hielo de infusión de flor de jamaica que luego saboreábamos para apalear el calor de verano y durante las granizadas recogíamos hielo para comprender la condensación del agua en las nubes y su veloz desprendimiento al paso de una ola de calor. Mi padre, experto en las áreas de física y matemáticas no perdía la ocasión para hacernos comprender que la velocidad es el resultado de la distancia entre el tiempo. Así durante los viajes contábamos los kilómetros marcados en los pibotes de la carretera siempre pendientes del reloj. Mi madre por su parte afirmaba que la cocina era el mejor laboratorio de química y física de nuestra casa, aún cuando la catástrofe nos llegaba porque la olla Express reventaba.
Nuestro hijo tiene la fortuna de aprender en una escuela en donde se le da absoluta importancia al aprendizaje in situ. Esta mañana, de la mano de su padre y de sus pequeños compañeros, Iker asistió al mercado. Allí observaron lo que durante la semana se ha trabajado en clase: La importancia de las profesiones, la cadena del comercio, el valor del trabajo.
Invito a todos los adultos a ser partícipes de este diario descubrimiento del mundo. Que cuando nuestros hijos nos digan: “hoy hablamos de los seres inertes” no nos quedemos quietos sino que salgamos al parque a recolectar tierra y piedrecillas, y hablar sobre lo animado, lo inanimado, lo que nace, se reproduce y se muere, lo que se modifica, lo que permanece… todo un mundo de conocimiento que puede hacer nuestro día verdaderamente apasionante.

jueves, 18 de marzo de 2010

Las matemáticas a colores con Bancubi


Si no permitimos que los niños experimenten el descubrimiento del mundo a través de los sentidos durante los tres primeros años de vida, será injusto exigirles que comprendan conceptos abstractos más tarde. A la mayoría de los niños educados en las escuelas tradicionales en donde los conceptos se memorizan, el mundo de las matemáticas los sobrepasa. Si para muchos de ellos que no han salido nunca de la ciudad, imaginar una granja con vacas resulta complicado, pensemos a dónde se va su mente cuando les pedimos que asimilen el cero y su función. La primera vez que vi una raíz cuadrada lo hice a colores. Tuve que esperar tres décadas para experimentarlo y mi maestro fue un pequeño de cuatro años que manipulaba el material montessori conocido como el “binomio al cubo”. El chiquito, sin saberlo, elaboraba una formula matemática compleja, dando orden a seis prismas y dos cubos, de tamaños y colores diferentes para formar otro cubo. Su capacidad psico-senso-motora le permitía ejecutar con maestría movimientos precisos para acomodar cada pieza en su sitio (a mi me llevó el triple de tiempo hacerlo por primera vez). Pero lo que se estaba almacenando en su cabeza era una serie de datos que, dos años después, le llevarían a deducir por sí mismo la fórmula del binomio al cubo. Profundamente atraída por la magia de estos materiales comencé a desarrollar junto con un grupo de guías montessori, dos líneas secuenciadas de capacidades matemáticas: la centrada en lo aritmético y otra en lo geométrico. Un mapa que me permitió comprender con claridad un mundo que antes me resultaba impenetrable y hasta indeseable. Pero lo más interesante fue comprobar que sí existe un orden lógico de habilidades registrables que nos permite identificar el momento cognitivo en el que se encuentra cada alumno en esa área específica del conocimiento. Si un adulto ajeno al método montessori entra en esos ambientes de trabajo, podrá ver niños absortos trabajando con materiales de colores; algunos por ejemplo, estarán formando cadenas de bolitas de colores, pero si observa bien se dará cuenta que están practicando el conteo salteado. Cuando construyen cubos de un metro de arista (lado), están comprobando su capacidad de almacenamiento. Si deambulan por el aula mirando hacia las esquinas, es porque están descubriendo ángulos. Si están sentados en un tapete “jugando” con un tablero de ajedrez de tres colores es porque aprenden a multiplicar. Y si arman escaleras de colores con barritas azules y rojas, es porque están sumando o restando. No necesariamente están acompañados de un adulto, pues una vez que la guía les presenta el material, los chicos están listos para trabajarlo de manera individual. Este procedimiento se repite con cada área del conocimiento que además se integra con las otras en unas hermosas lecciones narradas. En medio de este trabajo me sorprendió observar que los alumnos de entre diez y once años, que comienzan a aprender estrategias matemáticas para la educación secundaria, como lo es el registro de procesos, anotaban primero el resultado y después realizaban el procedimiento como medio para comprobar. Cuando les pregunté cómo podían resolver una operación sin procedimiento, uno de ellos tomó tres lápices de colores (rojo, azul y verde) y en un papel dibujó una cadena de cuadrados de colores, en ella representaba un número. Cada color se correspondía con el sistema de unidades, decenas y centenas. “Así es como lo veo en mi mente”, me dijo. Los chicos “manipulaban” dentro de su cabeza esos sesenta cubitos de colores que desde los tres años llevaban en su mochila y con los cuales habían aprendido a sumar, restar, multiplicar, dividir.... Tengo la fortuna de conocer a Tere Maurer, una generosa mujer que logró encontrar la forma perfecta de llevar el mundo de las matemáticas montessori a cualquier escuela aún cuando tenga un sistema tradicional. Después de observar y trabajar durante muchos años con los niños y guías montessori, elaboró un método cuyo material cabe en tres maletas y sirve para trabajar desde los tres años hasta los trece. Bancubi se puede resumir en una frase, una forma divertida de descubrir las matemáticas. Lo más hermoso es que cuenta con unas normas conocidas como “reglas del juego” que podrían parecer disparatadas para cualquier maestro de escuela tradicional: Nadie se equivoca pues estamos aprendiendo, respetamos el turno, todos prestamos nuestras mentes, prohibido decir ´no´, vale copiar al vecino, puedo aprender de mi error, hay muchas formas de resolver el problema y todas son válidas, si termino guardo silencio, observo y pongo la manos en mis rodillas, puedo ayudar a mi compañero. Recuerdo la ocasión en que los chicos que se graduaban de la primaria montessori, aceptaron el reto de compartir sus conocimientos con niños más pequeños que ellos, chavales de menos de doce años que se rehabilitaban de su adicción drogas industriales (pegamentos y cemento). Nunca he vivido mayor sensación de dicha que la de ver la cara de aquellos niños que descubrían las matemáticas formando frentes de centuriones con los cubos de Bancubi. Y mientras los pequeños que habían pasado su infancia detrás de una nube de adicciones gritaban “sé dividir”, los chicos montessori experimentaban la felicidad de poner al servicio de los demás el conocimiento. Si queremos que nuestros hijos sean felices, procurémosles espacios en donde puedan vivir la experiencia del descubrimiento, de la colaboración, del servicio y del respeto. Un lugar en donde hasta las matemáticas sean divertidas.