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jueves, 5 de diciembre de 2013

La edad de la razón


     Hace un par de meses a mi hijo el mayor se le cayó el primer diente. En los tiempos de mi abuela a eso se le llamaba “la entrada al mundo de la razón”. Momento característico de los niños de seis-siete años que comienzan a tener un pensamiento reflexivo mucho más profundo.
    Mi hijo me nació filósofo.  No cumplía los tres años cuando en un trayecto en autobús de casa al cole, una señora intrigada se acerca y me pregunta por la edad de Iker. “Dos años”, respondí. Entonces me dijo con un tono indefinido: “está muy chico para discutir”. (Discutir en España es sinónimo de dialogar o hablar con argumentos). No supe si me auguraba un futuro complejo o alababa las capacidades lingüísticas de mi primogénito. Ese momento quedó grabado.
     Conforme Iker fue creciendo sus argumentos se volvieron más contundentes. Con apenas 7 años devora más libros que un adolescente avanzado. Siempre tienen las palabras correctas (un extenso vocabulario) y en ocasiones resulta complicado cuando me sale la madre tradicional que no desea debatir ideas que puedan contrariar las indicaciones.
     Así que cuando se le cayó su primer diente, mi hijo ya era todo un filósofo.
     Esta mañana –ya sin su tercer diente, caído por un accidente futbolístico-, mientras lo acompañaba en su preparación para la escuela, me dijo con seriedad: “No sé que me pasa en la cabeza, tengo una idea y sé que es correcta, pero luego me viene una voz por dentro que me dice que tengo que pensar en otra forma o hacer algo que no estoy de acuerdo”.
     En ese momento me vino la idea de Edgar Morin (y otros filósofos de la antigüedad) que nos invitan a pensar en la complejidad del ser humano. La dualidad entre ser trabajador y holgazán, razonador y locuaz, serio y juguetón, económico y derrochador… 
     Primero le tuve que explicar que eso que le sucede no es una enfermedad, que a todos los seres humanos nos pasa aunque muchos no estén consientes de ello. Después agregué: ¿y tú que piensas? Se quedó pensativo y me respondió: “que tengo que aprender a tomar decisiones”.
     Así es, pensé consiente de que muchas veces tomará decisiones acertadas y muchas veces no. Pero ambas serán aprendizaje. Ambas forjarán su carácter. Ambas lo guiarán en su vida. Mi niño ya entró a la edad de la razón.

sábado, 8 de mayo de 2010

Periodos sensitivos

A lo largo de la historia de la Educación, grandes pedagogos han dedicado su tiempo a la observación del niño en su ambiente natural (aquél que por su armonía propicia el aprendizaje significativo), con el fin de captar los secretos del desarrollo y los factores que permiten potenciar sus capacidades y florecer sus actitudes positivas. Padres y maestros tenemos la fortuna de contemplar a los pequeños sumergidos en un mundo paralelo mientras realizan un trabajo, desempeñan alguna labor o participan en un juego.
Durante estos periodos de concentración absoluta el cerebro comienza a realizar conexiones neuronales que le permiten dar brincos cuánticos en el mundo del conocimiento. Su creatividad, imaginación pero sobre todo su comprensión se acelera.
Pero hay momentos en los que aparece una desaceleración en el proceso mental que se corresponden con los máximos niveles de desarrollo físico. Durante estos declives, por llamarlos de alguna manera, las conexiones neuronales pierden potencia pues el desarrollo corporal tiene prioridad. Es así como nuestros hijos parecen entrar en crisis, y nosotros con ellos si no logramos comprender la emergente situación.
Muy a menudo los padres acuden angustiados a los profesionales de la educación, cuestionándose cómo es que su pequeño de repente ha perdido concentración, atiende menos cuando se le habla, se rebela ante las normas y muestra pereza ante el estudio.
Desde la perspectiva del niño se vive una situación verdaderamente caótica pues son momentos en donde la duda crece, los miedos e inseguridad se hacen presentes, se potencian las angustias y quejas y se cuestionan mucho más las relaciones humanas.
No es una situación que les agrade ni que puedan controlar fácilmente. Se les conoce como preadolescencias ya que son similares a las que sufrirá de manera profunda años más tarde durante la adolescencia, en donde además las hormonas se disparan jugando un papel fundamental en el desarrollo sexual de los jóvenes y el cerebro sufre una literal poda neuronal.
Intentaré describir brevemente los periodos para ayudarles a distinguirlos cuando estos aparezcan, aunque cabe recordar que estamos hablando de situaciones dentro de los parámetros de lo “normal”. Y aunque estos pueden aparecer y desaparecer dentro del lapso indicado, sin necesidad de que se mantengan durante todo ese periodo, es posible observarlos con claridad. Es entonces cuando nuestros hijos necesitan más apoyo, acompañamiento, comprensión y respeto.
De los cero a los tres años se da el desarrollo del lenguaje, se sientan las bases para la autonomía e independencia y se potencian la mayoría de las habilidades psico-senso-motoras. Es vital hablarles con corrección, leerles cuentos, otorgarles pequeñas labores, permitirles realizar cuantas actividades puedan hacer solos: servir el agua, comer, ordenar su cuarto, caminar, trepar, palpar, oler, tocar.
Entre los tres y los seis años hay una desaceleración en la que se manifiestan pesadillas, fantasías mezcladas con la realidad, angustias y la primera rebeldía a las normas.
En este periodo hay que encauzar las fantasías con el desarrollo de la creación artística y acompañarlos a encontrar respuestas lógicas a sus miedos. Durante toda la infancia, pero sobre todo en este momento, debemos evitar que los niños vean series violentas que presenten personajes que tiendan a la maldad u oscuridad.
De los seis a los nueve años vuelve a acrecentarse la actividad neuronal, se dispara la imaginación, abstracción, colaboración y moralidad. Es cuando los problemas de índole ético se deben poner sobre la mesa; es tiempo para el diálogo, la argumentación, el trabajo en equipo, el planteamiento de problemas complejos a la vez que divertidos.
De los nueve a los 12, con el inicio de la adolescencia, se vuelven a cuestionar las normas y se sufre una apatía en torno al aprendizaje. Y aunque es el periodo más importante en el desarrollo psíquico y emocional del futuro adulto, la educación tradicional lo ha relegado. Y si quisiéramos atenuar la dolencia del adolescente deberíamos todos plantear un proyecto especial para ellos: trabajo físico y colaborativo de tal manera que puedan experimentar la sensación profunda del aprendizaje en equipo, al tiempo que recargan su cuerpo con la energía del ejercicio.
De los 12 a los 15 años, a pesar de seguir dedicando gran parte de su vitalidad a la actividad hormonal, logran desarrollar capacidades de cooperación solidaria, autoaprendizaje y confianza. El último declive –ya mínimo- se da entre los 15 y 18 años.
En todos estos años, como papás hemos de ser comprensivos, cariñosos y flexibles para adaptar las normas a las cambiantes situaciones. Pero al mismo tiempo debemos ser claros, constantes y consecuentes con los límites establecidos. De lo contrario, la duda y la angustia crecerán ante la sensación de incertidumbre y extravío.
Comenzar con un: “entiendo que te sientes molesto…” antes de reprocharles su actuar, podría suavizar una situación que sin duda se repetirá varias veces durante su infancia y adolescencia. Recordemos que, a pesar de su rebeldía, mantenerse en un marco de disciplina les da seguridad.

martes, 6 de abril de 2010

La mente absorbente aparca en la guarde

Dentro del proyecto montessori, al periodo que corresponde a los niños y niñas menores de seis años se le conoce como el de la mente absorbente. Seis años importantísimos en los cuales se gesta la personalidad, es decir, la forma en la que aprende a ser, a hacer, a aprender y a convivir. Durante esta etapa el infante elabora, a pasos agigantados, un mapa sensorial del mundo. Aprende a reconocer olores, texturas, sabores, formas, colores, sonidos, etc. Comienza a imitar el comportamiento social de los adultos y aprende o trasgrede (según el comportamiento de los progenitores) las normas que nos rigen. Comprende que todo se rige por los parámetros del espacio y tiempo, es decir, todo es medible, cuantificable, todo se puede ordenar y tiene secuencias y consecuencias lógicas. Demuestra una inclinación por el trabajo, le gusta colaborar en casa; para él lavar los platos, barrer la casa, limpiar los cristales, es mucho más divertido y emocionante que un juguete lleno de luces y sonidos. Si nosotros como padres y madres observamos todas estas características sabremos que si sacamos provecho de este saber imitar y trabajar, podremos encaminarlos hacia el mundo del buen comportamiento y de la disciplina positiva.
Sin embargo durante mucho tiempo nos han hecho creer que no es sino hasta los seis años cuando debe arrancar la educación formal de los niños. Es por ello que miles de guarderías no se ocupan de guiar al niño en el mundo social y los dejan a merced de sus instintos de sobrevivencia en un mundo carente de orden. Los invito a visitar estos lugares en donde juguetes se apilan en cestos gigantes, en donde las estanterías están en lo alto para que los niños no alcancen las cosas, en donde la única rutina es jugar y pintar sin salirse del dibujo impreso y en donde una sola maestra está a la merced de las necesidades primarias de veinte chiquitines.
Lo que el niño menor de seis años necesita es precisamente lo contrario. Requiere de un espacio ordenado en el cual pueda explorar y experimentar el mundo: a qué sabe esto, a qué huele lo otro, qué es más pesado, cómo se puede organizar por colores, qué maraca suena más fuerte, que música tiene un ritmo más rápido.
Pero para ello se requiere de un adulto (por cada 12 niños) que conozca a la perfección la línea del desarrollo de sus alumnos y se centre en preparar un proyecto en el cual todas estas habilidades y actitudes se desarrollen. Tiene que estar preparado para ser un guía en la etapa más sensible y aprehensible. Si es creativa y paciente sabrá enseñarlos a hacer las cosas por ellos mismos y en breve tendrá un pequeño microcosmos de una sociedad civilizada.
Lo mismo los padres y madres. Pero la tristeza me invade cuando me doy cuenta que el sistema en el que vivimos obliga a los progenitores a depositar a sus hijos e hijas más pequeños en lugares que les resulten cercanos o cómodos, que nos les quiten más tiempo. Y que encima no tienen fuerza y creatividad para planificar actividades que les permitan desarrollarse. Les servimos la comida o los cambiamos de ropa con rapidez porque no hay tiempo para supervisar a una niña de dos años quitándose con cautela la pijamita o vigilar la forma en la que salta el chiquitín de año y medio antes de salir a la calle.
Muchos docentes están levantando la voz para que las autoridades se enteren: esta etapa requiere de especial cuidado. No desean que su trabajo se reduzca al de ser asistentes sociales ni que sus aulas se conviertan en aparca-niños. No quieren que sus proyectos se vean opacados por la emergencia, con todo el riesgo que esto implica (físico, mental, emocional, social). Y sobre todo no quieren que sus alumnos y alumnas pierdan los mejores años para absorber un mundo de sensaciones e informaciones vitales para el resto de su vida. Pero las voces de muchos padres siguen acalladas. Lamento decirlo, pero hay una sensación por parte de los profesionales de la educación de que el compromiso de la familia es cada día más laxo; muchos de ellos se sienten solos y abandonados.
Hoy los vuelvo a invitar a voltear hacia abajo, a mirar con detenimiento, a observar la grandeza de cada niño, de cada niña. No permitan que les engañen ni permitamos engañarnos. La función de la educación (padres, madres y docentes) ser una ayuda para la vida. Si en algún momento perciben que en los centros de enseñanza en lugar de educar adoctrinan o que sus hijos e hijas en lugar de aprender a aprender memorizan, levanten la voz. Todos somos corresponsables en esta tarea de aprender a ser buenas personas.