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sábado, 18 de mayo de 2013

Disciplina como voluntad

Si una madre o un padre se proponen encontrar un libro en donde se exponga con claridad el tema de disciplina interior, lo van a tener difícil. Lo que seguramente encontrarán serán libros de cura instantánea a males emergentes en las familias y escuela: ´Cómo parar una rabieta´, ´Mi niño no me deja dormir´, ´La batalla diaria en la mesa´, ´El terrible momento de los deberes´. Títulos que francamente asustan pero que me permite describir con claridad la hipótesis que vengo sosteniendo desde hace tiempo: enseñamos a nuestras niñas y niños que la disciplina es algo que se aplica para regular un mal comportamiento, y no lo que realmente es, una fortaleza interna para actuar de manera libre y responsable.
Cuando aplicamos castigos como ´si no comes no salimos al parque´, lo único que estamos enseñando es a actuar por miedo, y más tarde pensará: ´no aparco en el paso de cebra porque me multan´. Lo ideal sería enseñarlos a pensar: ´aparco en el lugar que me corresponde para que los peatones puedan transitar sin problemas´. Ese pensamiento es propio de un ciudadano con alto grado de autocontrol y responsabilidad. Si nos damos cuenta el problema real de la disciplina no está en la incapacidad de asumir las normas, sino en la imposibilidad de comprender que en mi libre actuar puedo acarrear consecuencias graves para mi persona, el planeta y sus habitantes.
Cuando María Montessori, que era italiana, se planteó este problema tan latino, decidió que lo mejor que podía hacer era evitar mencionarlo. Erradicó de su modelo educativo todo aquello que tuviese relación con las formas autoritarias o paternalistas de disciplina, aquellas que depositan el control del individuo en los agentes externos como el miedo o el castigo y, a diferencia de todos los modelos educativos existentes, optó por acercarse al modelo oriental de disciplina interna que se engloba en una palabra inglesa muy corta pero muy profunda: “will”: voluntad, albedrío, posibilidad de ser.
Al realizar sus observaciones notó que los niños y niñas poseían una capacidad innata para auto controlarse cuando estaban concentrados en su trabajo y a partir de allí escribió una de sus máximas: ´el control del grupo se logra sólo a partir del trabajo´. Ideo entonces cinco estrategias para niñas y niños de cero a cinco años, que siguen siendo las bases de la disciplina en el método, y cuyo fin último es el de ayudar a florecer las actitudes y aptitudes propias de un buen ciudadano y lo que es aún mejor, de una buena persona. Son sencillas estrategias que pueden aplicar en casa y que van fortaleciendo el autocontrol físico, mental, emocional, social y espiritual (entiéndase como sentido de armonía con el universo).
Control del movimiento: Es necesario que el espacio en el que se va a producir el maravilloso milagro de caminar, esté adecuado para ellos. Guarden durante unos meses –no es más- todas las cosas rompibles y asegúrense de que las esquinas estén protegidas. Es todo. A girar, arrastrarse, trepar, gatear, caminar, correr, saltar... Está probado que los niños que han pasado su infancia entre las rejas de la cuna o la andadera tienen una visión limitada del espacio y sufren problemas relacionados con la distorsión de la realidad como equilibrio, coordinación, etc., sin mencionar los problemas emocionales. Nuestro papel es sólo el de ser acompañantes y vigías, pues aún no son capaces de alertar con precisión el peligro.
Delimitación espacio temporal: Es nuestro deber presentar a los niños y niñas un universo basado en el orden, para ello es necesario que identifiquen desde su nacimiento los límites físicos del espacio y tiempo, y por ende las normas para desenvolvernos dentro de ellos. Marcar continuamente dónde se come, a qué hora se duerme, qué sigue después del baño, en dónde pongo la ropa sucia. Ser consistentes en esto y procurar no confundir a los pequeños. Esto permitirá más tarde asentar los límites del comportamiento. Den largos paseos por el parque (andando) y muéstrenles las normas del peatón, por ejemplo.
Seguir de indicaciones: Los menores de cinco años aún no interiorizan el significado de la norma, pero sí son capaces de seguir indicaciones. Es por ello que, además de hablarles con propiedad y cortesía (usen siempre el gracias y el porfavor), hay que ser claros, concretos y muy breves en las indicaciones: ´A dormir´, ´ordena tus juguetes´. Me hacen mucha gracia los papás que en lugar de indicar les preguntan a sus hijos en el parque: ´¿nos vamos a casa?´ y luego se molestan cuando ellos, tirándose del tobogán y divertidos de lo lindo, responden que no. Si al niño desde pequeño se le dice de manera contundente, convincente y mirándole a los ojos: ´Nos vamos a casa´, el niño aprende que debe hacerlo. La obediencia es una virtud cuando no existe el factor del miedo. Evítense las explicaciones largas, antes de los cinco años no hay gran posibilidad de negociación, lo único que pueden hacer es recordar que es la hora del baño y que volverán otro día. No más.
Vida práctica: la responsabilidad es parte de la disciplina interna, es por ello que antes de los seis años se debe asumir con normalidad las labores que les corresponden por el mero hecho de vivir en una comunidad: recojo los platos sucios, ayudo a preparar la merienda, hago mi cama, guardo mi ropa. Los niños en las escuelas montessori realizan labores conocidas como ´vida práctica´. Aprenden a poner la mesa y a servir agua desde los dos años. Barren, limpian la pizarra. Y todo entendido desde la óptica de la colaboración. Nadie se queja.
Gracia y cortesía: Dar las gracias, pedir las cosas por favor, hacen al ser humano más concientes de la interdependencia. Todos nos necesitamos.
Y recuerden que no hay nada más efectivo que el ejemplo. Si los niños y niñas notan que nos tomamos nuestro tiempo para separar la basura y les explicamos lo importante que es hacerlo, ya estamos formando personas con una disciplina interna maravillosa. Los niños y las niñas deben asumir que la norma se sigue por un bien común. Ahora, si se toman en serio este proyecto, les aseguro que no tendrán que comprar libros para disciplinar al adolescente, explicar un divorcio, obligar a comer o enseñar a compartir; porque un niño que sabe guiarse por su voluntad (guía interna, decía María Montessori), no necesita explicaciones, lo entiende todo.

Pasos hacia una disciplina positiva

Una de las mayores preocupaciones de los padres continúa siendo la formación disciplinaria de los hijos. Y es que la disciplina centrada en la sumisión y obediencia ciega que funcionaba hace una o dos generaciones ya no responde a los modelos actuales. La rigidez de los sistemas políticos o religiosos que en antaño marcaban con claridad los ejes de autoridad absoluta, afortunadamente hoy son rechazados en las sociedades democráticas. Creemos (al menos en teoría) en la libertad de pensamiento, en el diálogo y en el consenso. Sabemos que la negociación es necesaria para lograr beneficios individuales y comunitarios.
Sin embargo, cuando me entrevisto con algunos padres y madres, muchos de ellos se muestran frustrados por que su sistema de disciplina no funciona en casa; recurren a la experiencia personal para comparar cómo es que en sus años de infancia la autoridad paterna era irrevocable: “cuando papá llegaba a casa, no había más ley”. “Con un bofetón era suficiente para no volver a levantar la voz a mi madre”. Es decir, en la práctica diaria, y a puerta cerrada, muchos hogares pretenden seguir siendo pequeños cotos ´dictatoriales´. A todos esos padres les recuerdo que el someter a los niños al condicionamiento del castigo o el miedo, además de generarles un efecto dominó negativo en el plano emocional y espiritual, les impide comprender que las consecuencias suceden como resultado de las decisiones que ellos toman.
Durante más de dos mil años (sin ir más allá), el pensamiento occidental se encargó de promover una terrible disciplina en la cual el control del individuo se debía depositar en un agente externo. Una idea que lamentablemente se sigue reproduciendo en la escuela tradicional y en muchos hogares. Hoy se sabe que la verdadera disciplina se acerca al pensamiento oriental que enseña que cada persona es capaz de controlar su vida en el plano físico, mental, espiritual y emocional, así como en el autocontrol de la normativa del mundo social. Estamos hablando de un trabajo profundo que se inicia desde el día en que el ser humano sale del vientre materno y culmina una vez que esta persona asume que la libertad debe ir siempre ligada a la responsabilidad.
Hace poco un amigo me preguntaba, en referencia a la educación de sus dos hijas pequeñas, que a qué edad se debe comenzar a negociar con los niños. Es claro que su proyecto educativo familiar busca ser horizontal (todos se tratan como iguales), pero él, al igual que muchos otros padres, teme (y es natural) que su idea de democracia familiar se desborde en un estilo de disciplina permisiva que puede ser tan dañina como la de la rigidez absoluta. Hablaríamos entonces de pequeños dictadores con padres a su servicio. Como verán, son dos aspectos que hay que tener en cuenta cuando nos planteamos el modelo de disciplina que queremos manejar en casa.
Para comenzar me gustaría defender que la clave de una buena disciplina en casa está en el amor que profesamos a nuestros hijos por el mero hecho de ser; pues la base de la disciplina con dignidad está en el respeto y por ello debemos evitar poner expectativas o etiquetas y mantenernos abiertos y flexibles a los intereses que vayan mostrando cada día. Todos conocemos casos de niños que nacen con el uniforme de un equipo de fútbol puesto, una carrera vislumbrada, una personalidad deseada, niñas que pasan su infancia como modelos o cumpliendo el sueño de la madre de ser cantante o bailarina. Algunos seres humanos tenemos el terrible defecto de amar a las personas por lo que van a llegar a ser y dejamos de disfrutar su bella naturaleza. Y cuando hacemos eso entramos en el mundo de la coacción y esclavitud, y en ese territorio no cabe el respeto.
A otros tantos nos encantan las comparaciones. Y créanme que no hay nada más triste que ver a una mamá o a un papá desilusionado porque su hija no está cumpliendo sus expectativas o no se parece a su hermana mayor. Y lo que es aún peor, etiquetándolos de ´malos´ porque no responden a un sistema de normas ilógicas que ellos mismos les han impuesto. Los niños no deben ser tratados cual objetos moldeables sino como Individuos en desarrollo.
Todos sabemos que es imposible hacer un proyecto (de cualquier índole) sin antes tener un panorama claro de la situación. Lo mismo sucede con los niños. Es necesario observar con profundidad las características de nuestros hijos y pensar en sus inclinaciones, necesidades y formas de aprender el mundo. Porque, vuelvo a repetir, cada hijo, cada hija, es un ser individual y no podemos pensar que el proyecto familiar va a funcionar de la misma manera para todos.
Así pues, el proyecto educativo en casa (en el que se incluye la disciplina) debe ser como un bambú: fuerte y flexible. Fuerte en el sentido de que debe estar sustentado en valores inquebrantables como los son el respeto, la armonía, el cuidado por el otro, la cooperación, la solidaridad, la interdependencia, el diálogo… y flexible sobre todo en el entendimiento de que las diferencias requieren un trato especial, de que la tolerancia ayuda a reconocer que el otro es valioso aún cuando no comparta del todo su visión del mundo y de que las emociones a veces nos llevan a reaccionar de maneras distintas.

sábado, 8 de mayo de 2010

Desarrollo de la autonomía del ser

El niño nace sin un patrón establecido de comportamiento que le permita reconocer las necesidades básicas de sobrevivencia; sus opciones en este sentido están limitadas.
La primera pregunta que los padres y maestros debemos ayudar a responder a los recién nacidos sería: “¿Qué es lo que me rodea?”. Su respuesta estará estrechamente vinculada con el desarrollo de las capacidades de exploración, orientación y orden.
Si se dan cuenta, no estamos hablando de dar respuestas conceptuales sino de prepara un espacio que le permita al infante experimentar los retos necesarios para que se vaya construyendo un mapa mental externo, al tiempo que desarrolla de manera interna el sentido de la dirección, distancia, tiempo y secuencia.
Una niña que ha sido bien acompañada por sus padres y otros mediadores del aprendizaje con seguridad llegará a los dos años con estos conceptos introyectados. No estoy hablando de leer el reloj, sino de comprender el orden externo de su mundo, dónde se encuentran las cosas, incluso reconocer un camino habitual a casa y señalar con certeza lo que ocurrirá después.
Pero lo más sorprendente es que internamente se está gestando algo maravilloso que está ligado al mundo emocional. Esta pequeña está experimentando la sensación de seguridad al percibir que la comida llega a la misma hora, que el baño se repite día a día, que antes de dormir se lee un cuento; además disfruta de la capacidad de ser autónoma al lavarse los dientes, quitarse el pijama o cortar con un cuchillo especial la manzana que va a merendar. Y por si fuera poco se inserta en el mundo social al colaborar recogiendo la mesa, poniendo su ropa sucia en el cubo y emparejando los calcetines limpios con papá antes de ir a dormir. Esto lo puede hacer cualquier niño de dos años que goce de todas sus capacidades, insisto, siempre y cuando cuente con unos padres que estén dispuestos a acompañarla y le hayan preparado el espacio adecuado para el aprendizaje.
El futuro de un niño que durante los tres primeros años de su vida se le retiene en un carrito, sillita, cuna o andadera, se le viste con ropa incómoda diseñada para muñecos de porcelana o personas adultas, se le habla con onomatopeyas y palabras cortadas como si estuviera mentalmente limitado para comprender, se le prohíbe tocar los objetos que están en casa y se le entretiene en una guardería rompiendo y desordenando juguetes, será muy diferente. La imposibilidad de experimentar el mundo le atrofiará en breve su capacidad natural de comprender lo que le rodea.
Los niños de 0 a tres años van experimentando el mundo concreto a través de sus sentidos y aprenden a reconocer sus características más palpables: formas, tamaños, colores, variaciones, olores, temperaturas, etc. Los papás y guías debemos apoyar enfatizando cada situación que le acerque al objeto de estudio haciendo siempre uso del vocabulario adecuado: “huele a pan”, “que grande está ese árbol”, “uy, que frío hace por la mañana”. Son cinco los aspectos que hay que reforzar en esta etapa de descubrimiento sensorial: manipulación, repetición, exactitud, control del error y perfección o maestría.
Una vez superada esta etapa (entre los dos y tres años) el niño comienza a cuestionar lo que no se puede percibir con los sentidos. Antes se creía que no era sino hasta los tres años cuando los pequeños se adentraban en el mundo del cuestionamiento, pero los que disfrutamos observando y registrando su desarrollo dentro de un ambiente preparado, hemos detectado niños de dos años que logran formular la pregunta de ¿qué es eso?, y los hay quienes llegan hasta cuestionar la causa con un simpático y retador ¿porqué?
Es entonces cuando se incluyen en el vocabulario palabras como el también, tampoco, nada o último. Y otras aún más complejas como querer, miedo, alegría, enfado, tristeza. Palabras vinculadas a las emociones que va viviendo y asocia a un nombre con la ayuda del adulto.
Pero hay un tercer grupo de conceptos que están relacionados con el mundo de la convivencia, sociabilidad y, me atrevo a incluir, religiosidad (que no es lo mismo que espiritualidad). Son una serie de normas impuestas por un grupo de individuos que nos indican cómo se debe vivir y convivir. Estas son tan vulnerables que han provocado muchos conflictos mundiales por la reinterpretación que cada cultura les da. Si todos los terrestres entendiéramos los términos de justicia, libertad, igualdad o respeto de la misma manera, hace mucho que nos ocuparíamos de cuestiones más trascendentes como el cuidado de nuestro planeta.
Por lo general estas normas no se memorizan, sino que se interiorizan con la convivencia diaria. Si papá minimiza a mamá, se habla a gritos en casa o los padres se dedican a servir a los hijos, el niño aceptará este modelo de convivencia sin ser capaz de juzgar si es bueno o malo. El problema surge cuando ese modelo de convivencia grupal no corresponde al modelo social o mundial. Entonces lo que nos parecía normal dentro de nuestra burbuja ya no lo es. A los cinco años el niño comienza a cuestionar esas normas pues se da cuenta que no todos actuamos de la misma manera. Y eso está bien, pues se va gestando el propio pensar. La labor de los padres y maestros en este momento es fomentar el diálogo para impulsar el pensamiento crítico. Y para evitar confundir a los niños entre el decir y el hacer (lo que más les molesta es nuestra incongruencia), sugiero que en lugar de preocuparnos sólo por adoctrinar a nuestros hijos con valores que se corresponden a un modelo específico de vida o religión, nos ocupemos al menos en ser ejemplo de respeto, igualdad y solidaridad. Que quien es bueno no necesita bandera ni título que lo acredite.

martes, 23 de marzo de 2010

El orden lleva a la disciplina


Entonces comprendí que en el ambiente del niño todo debe estar medido
y ordenado, y que la eliminación de confusiones y superficialidades
engendra precisamente el interés y la concentración.
María Montessori


Cualquier cosa que nosotros hagamos será emulada por nuestros hijos e hijas. Ellos necesitan una referencia para el comportamiento. Es por ello que antes de cuestionarnos porqué actúan en forma errónea o incorrecta debemos mirar hacia nosotros. Si no tenemos disciplina en la vida (orden, horarios, hábitos…), no podemos pedir que ellos la tengan. Si nuestra vida es caótica, la de ellos también lo será.
Si a todo esto aunamos que vivimos inmersos en una sociedad en la cual la armonía pierde valor, en donde hay que correr para “ganar” tiempo y tener mucho para gastar más, en donde la violencia tácita en los medios de comunicación acrecienta nuestra indolencia e indiferencia, resultará complicado, por no decir imposible, conformar un recinto de paz en nuestros hogares.
La respuesta a aquellos padres y madres que deseen procurar ambientes propicios para que el desarrollo de sus hijos e hijas sea sano e integral, está en el cuidado del orden que rija sus vidas.
En otras ocasiones he mencionado que el espacio debe estar adecuado a las necesidades e intereses de los niños, de tal manera que nada sea un obstáculo en su aprendizaje. Pero no basta con comprar muebles a medida o adecuados para generar el orden. A los niños hay que enseñarles a moverse en el espacio con cuidado y respeto. Deben entender que todo en casa tiene una función que se debe respetar y los padres debemos recordárselos con palabras y actos: `esta es una mesa y en ella comemos´, `el sillón sirve para sentarnos, nunca para saltar´. Pero si al ver la tele, subimos los pies a la mesa, el mensaje se contradice y el aprendizaje se coarta.
El movimiento también se educa y este aprendizaje del autocontrol es vital para lograr una buena disciplina. Los recién nacidos aprenden a moverse dentro de un espacio limitado, no se trata de poner barreras físicas sino de enseñarles a controlar su cuerpo. La supervisión, la vigilancia y la protección son de suma importancia en los primeros años de vida. Nuestra labor es ser ejemplo de cómo se sienta correctamente, cómo se abre una puerta, cómo andamos sin tropezar con las cosas. Es muy importante que hagamos un refuerzo verbal y en lugar de decir `Te vas a pillar un dedo, deja la puerta´, a la niña se le indica, la puerta se cierra así (con la acción acompañada) y se le puede ejemplificar el error `si pones la manita aquí, cuando cierre la puerta te puedes pillar´. Esto lo comprende sin problemas un niño a partir de un año. Como verán no sólo es ordenar el espacio sino aprender a moverse en él de manera correcta.
Lo mismo sucede con el tiempo. Una vez marcadas las rutinas, hay que ser respetuosos y consecuentes con las horas determinadas para cada actividad. Si rompemos continuamente el horario, el mensaje que estamos transmitiendo es de inseguridad, de poca certeza, cosa que a los niños atemoriza y violenta. Si por alguna razón el horario se va a romper, es importante que le avisemos a nuestros hijos que un cambio previsto va a ocurrir: ´esta noche cenaremos fuera de casa porque es un día especial y mañana no hay que despertarnos temprano´.
Mientras los niños se habitúan al horario familiar (en caso de que no se lleve de manera natural desde su nacimiento), es importante recordarles qué es lo que sigue, un horario con dibujos es muy ilustrativo para los pequeños.
Los niños y niñas menores de seis años tienen periodos de concentración más profundos que largos, logran sumergirse en una actividad que aún cuando parece repetitiva, tiene una función específica y trascendente, la de lograr la maestría. No podemos sacarlos de estos periodos como si lo que hicieran no tuviera importancia. La mejor manera de irlos llevando a la siguiente actividad es mediante el aviso previo. Unos diez minutos antes de que llegue la hora del baño se le avisa: `ya viene la hora del baño, en cinco minutos más dejamos de jugar y recogemos´. Es importante que verifiquemos que la niña o el niño se ha enterado y que nos de una muestra de ello. Un `vale´, `sí´, o `de acuerdo´ son suficientes. Al principio nos costará un poco más si están habituados a persuadir a los padres con el llanto; es aquí cuando papá y mamá tienen que actuar en una misma dirección y recordar que se ha hecho un acuerdo. Para estos primeros días conviene ir al horario gráfico y recordar qué es lo que sigue y mencionarle que mañana habrá tiempo para continuar con lo que se hacía.
Y por último les recuerdo la importancia del orden interno, tanto ideas como emociones deben ser cuidadas. Hay que impedir la entrada de violencia a nuestro hogar y vigilar nuestro vocabulario o la forma en la que nos dirigimos a los miembros de la familia; si damos posibilidad al diálogo o si sólo estamos propiciando la discusión y la sinrazón. Recordemos que el diálogo también ordena ideas, da posibilidad de potenciar un pensamiento crítico, creativo, reflexivo. Pero sobre todo nos conduce hacia la escucha, el respeto, la tolerancia y la inclusión.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Con gracia y cortesía, por favor


Una amiga muy querida, que dedica gran parte de su día haciendo las funciones de mamá de los niños y niñas de dos casas hogares, me comentaba preocupada que las condiciones paupérrimas de donde vienen sus pequeños han impedido que desarrollen actitudes de gracia y cortesía. La mayor parte de ellos han llegado a su cuidado porque fueron retirados de sus familias a causa de la violencia, el desamparo, el abuso...
No quiero ser pretenciosa, me decía, pero me da miedo que su no saber estar les cierre más puertas de las que ya tienen cerradas. Y puedo entenderla. Sin embargo yo conozco muchos niños que viven en contextos privilegiados, que estudian en escuelas de renombre y poseen apellidos con pedigrí, cuyo actuar es muchas veces más descortés y menos agradecido que el de sus niños. Al menos, le dije, tus niños no tienen el terrible defecto de la prepotencia o la arrogancia.
Lograr que nuestros niños y niñas sepan dar las gracias, declinar una propuesta con cortesía, saludar amablemente, solicitar algo o pedir ayuda por favor, dar la bienvenida, ceder el paso a otra persona, disculparse, hablar con un tono de voz adecuado, pedir permiso, ser buen anfitrión conlleva un trabajo profundo y muy conciente por parte de los adultos que los guiamos.
El grato recuerdo que dejan aquellos pequeños que pasan por nuestra vida siendo amables, gentiles, respetuosos, se queda para siempre. Como maestra de muchos alumnos de todas las edades, me quedo con aquellos que me han generado una impresión positiva de buena educación. Alumnas y alumnos que saben esperar su turno, que respetan la opinión o postura de sus compañeros, que presentan argumentos contrarios sin faltar al respeto a sus interlocutores, que saludan cada mañana, que dan las gracias al final del día. Llevan en sus manos una llave que abre puertas. Una carta de recomendación firmada por todos los que les conocen.
La doctora María Montessori lo sabía y reconocía en esas actitudes todo un código cultural que quiso resguardar en una serie de lecciones conocidas como “gracia y cortesía” y que hoy seguimos aplicando los docentes y padres que creemos en su filosofía. Lo más hermoso de estas lecciones es que son apropiadas para todas las culturas pues en ellas prima el respeto hacia el otro, la cordialidad, la amabilidad, el servicio comunitario y la bondad.
Voy a tratar de trasmitir con brevedad la clave de los ejercicios para que puedan ponerlos en práctica en casa, pero debo insistir en la importancia de la perseverancia por parte de los adultos, la auto corrección de nuestros malos hábitos o actitudes incorrectas y el saber reconocer nuestros fallos con una disculpa a tiempo, porque es la mejor manera de enseñarles que los fallos son propios de los humanos pero que una actitud de humildad y deseo de corrección, pueden cambiar las cosas.
Así pues, estas lecciones son una serie de situaciones que tenemos que modelar continuamente los adultos con plena conciencia e intención de imprimir la actitud en nuestros hijos. Entre más pequeños sean los niños y niñas, más fácil es lograr la impresión, pues los pequeños de entre dos y cinco años gustan de imitar situaciones. Sin embargo, cuando una adolescente observa una actitud de respeto y cortesía hacia ella, su reacción primera es ser amable. Para los más pequeños es importante hacerles saber que les estamos modelando, es por ello que siempre debe ir acompañado de un refuerzo verbal: “en esta casa nos pedimos las cosas por favor”, “nosotros siempre damos las gracias”. Pero también cuando cerramos una puerta, ordenamos los juguetes, esperamos un turno para hablar o ver la televisión hacemos hincapié en que esa es la manera en la que se hacen las cosas en casa. La actitud se imprime en el tono de voz y en la suavidad de los movimientos. Cerramos las puertas suavemente, nos movemos con calma, nos hablamos con un tono adecuado, movemos las sillas sin molestar a los vecinos. Con ello estamos enseñando a nuestros niños y niñas a fortalecer su autocontrol al tiempo que los sumergimos en un ambiente armonioso.
Los padres y madres somos mucho más susceptibles a cambiar de actitud o desistir del intento de modelar, que los maestros. Los hijos e hijas no suelen hacer berrinches en la escuela, tienden a contener su frustración con mayor facilidad sabiendo que los límites están claros y que la maestra muestra la misma actitud con todos los compañeros. El secreto en casa está en la paciencia, en el saber que los berrinches serán temporales y que si logramos salir victoriosos de la primera infancia, tenemos la batalla ganada. Nuestro fin es lograr que nuestros niños y niñas muestren tolerancia a la frustración, que acepten un `no´ por respuesta, que esperen su turno para hablar, que se comuniquen sin dar gritos.
Si en algún momento vemos que nuestros hijos e hijas equivocan su actitud, es bueno repetirles con calma: “¿recuerdas en que tono nos hablamos en esta familia?”, “¿recuerdas que cuando estoy hablando con alguien tienes que esperar a que termine para poder atenderte?” o “te recuerdo que pedimos las cosas sin llorar”.
En las escuelas Montessori este trabajo es fundamental para lograr una actitud positiva frente a la vida y por ende, frente al aprendizaje; nos lo tomamos tan enserio que a las alumnas y alumnos se les modela cómo ordenar el material, cómo caminar por las aulas, cómo poner un florero, cómo saludar a las visitas, cómo pedir disculpas si tropiezan con alguien, cómo entrar sin correr después del recreo. El resultado, créanme, es sorprendente: jovencitos y jovencitas de trece o catorce años que traspiran armonía y respeto con solo caminar.

viernes, 12 de marzo de 2010

Y el tiempo se detuvo.


Llegué a Andalucía cuando mi niño recién cumplió los tres meses. Acababa de dejar la coordinación de un maravilloso Colegio Montessori en el cual aprendí durante un par de años a observar a los niños.
Desde la postura de María Montessori, es imprescindible observar antes de programar, crear o elaborar un trabajo para los pequeños. Son ellos quienes, desde su propio interés se van acercando al conocimiento. Por ello es tan importante respetar su ritmo y tendencias naturales.
Firme creyente de su filosofía, llegué a vivir a la tierra más anárquica y alejada de la postura montessoriana. El orden que sugiere para crecer con armonía reina por su ausencia en estas calles malagueñas. Recuerdo que los amigos se sorprendían cuando me negaba a mantener a mi hijo en la carreola a la intemperie después de las nueve de la noche en una terraza de algún bar. Los niños en esta tierra se adaptan al ritmo y espacios de los adultos y no al contrario.
En casa hemos tratado de que los niños tengan un horario establecido, una rutina que les de seguridad y les marque las pautas a seguir diariamente. En esta tierra se llega a pensar que esta forma de trabajar con los niños es demasiado rígida y probablemente podría llegar a serlo si no se tiene en cuenta -ante todo- el ritmo del niño, esos momentos mágicos en los que observamos que nuestros hijos e hijas están sumergidos en una actividad que los está acercando a un nuevo saber, a una forma diferente de entender su entorno.
Hoy tocaba el baño, como cada día, a las siete y media. Cuando me dispuse a avisarle a Iker que su tina estaba lista, observé desde la puerta del cuarto que estaba colocando las letras de imán con el esmero de quien desea aprender a escribir. Con sus tres años (muy entrados en cuatro) jugaba a formar palabras.
Era un pecado interrumpir ese momento mágico, ese periodo de concentración profunda (como lo llamaba María Montessori), así que paré el tiempo y disfruté observando a mi niño crecer.