martes, 6 de abril de 2010

La mente absorbente aparca en la guarde

Dentro del proyecto montessori, al periodo que corresponde a los niños y niñas menores de seis años se le conoce como el de la mente absorbente. Seis años importantísimos en los cuales se gesta la personalidad, es decir, la forma en la que aprende a ser, a hacer, a aprender y a convivir. Durante esta etapa el infante elabora, a pasos agigantados, un mapa sensorial del mundo. Aprende a reconocer olores, texturas, sabores, formas, colores, sonidos, etc. Comienza a imitar el comportamiento social de los adultos y aprende o trasgrede (según el comportamiento de los progenitores) las normas que nos rigen. Comprende que todo se rige por los parámetros del espacio y tiempo, es decir, todo es medible, cuantificable, todo se puede ordenar y tiene secuencias y consecuencias lógicas. Demuestra una inclinación por el trabajo, le gusta colaborar en casa; para él lavar los platos, barrer la casa, limpiar los cristales, es mucho más divertido y emocionante que un juguete lleno de luces y sonidos. Si nosotros como padres y madres observamos todas estas características sabremos que si sacamos provecho de este saber imitar y trabajar, podremos encaminarlos hacia el mundo del buen comportamiento y de la disciplina positiva.
Sin embargo durante mucho tiempo nos han hecho creer que no es sino hasta los seis años cuando debe arrancar la educación formal de los niños. Es por ello que miles de guarderías no se ocupan de guiar al niño en el mundo social y los dejan a merced de sus instintos de sobrevivencia en un mundo carente de orden. Los invito a visitar estos lugares en donde juguetes se apilan en cestos gigantes, en donde las estanterías están en lo alto para que los niños no alcancen las cosas, en donde la única rutina es jugar y pintar sin salirse del dibujo impreso y en donde una sola maestra está a la merced de las necesidades primarias de veinte chiquitines.
Lo que el niño menor de seis años necesita es precisamente lo contrario. Requiere de un espacio ordenado en el cual pueda explorar y experimentar el mundo: a qué sabe esto, a qué huele lo otro, qué es más pesado, cómo se puede organizar por colores, qué maraca suena más fuerte, que música tiene un ritmo más rápido.
Pero para ello se requiere de un adulto (por cada 12 niños) que conozca a la perfección la línea del desarrollo de sus alumnos y se centre en preparar un proyecto en el cual todas estas habilidades y actitudes se desarrollen. Tiene que estar preparado para ser un guía en la etapa más sensible y aprehensible. Si es creativa y paciente sabrá enseñarlos a hacer las cosas por ellos mismos y en breve tendrá un pequeño microcosmos de una sociedad civilizada.
Lo mismo los padres y madres. Pero la tristeza me invade cuando me doy cuenta que el sistema en el que vivimos obliga a los progenitores a depositar a sus hijos e hijas más pequeños en lugares que les resulten cercanos o cómodos, que nos les quiten más tiempo. Y que encima no tienen fuerza y creatividad para planificar actividades que les permitan desarrollarse. Les servimos la comida o los cambiamos de ropa con rapidez porque no hay tiempo para supervisar a una niña de dos años quitándose con cautela la pijamita o vigilar la forma en la que salta el chiquitín de año y medio antes de salir a la calle.
Muchos docentes están levantando la voz para que las autoridades se enteren: esta etapa requiere de especial cuidado. No desean que su trabajo se reduzca al de ser asistentes sociales ni que sus aulas se conviertan en aparca-niños. No quieren que sus proyectos se vean opacados por la emergencia, con todo el riesgo que esto implica (físico, mental, emocional, social). Y sobre todo no quieren que sus alumnos y alumnas pierdan los mejores años para absorber un mundo de sensaciones e informaciones vitales para el resto de su vida. Pero las voces de muchos padres siguen acalladas. Lamento decirlo, pero hay una sensación por parte de los profesionales de la educación de que el compromiso de la familia es cada día más laxo; muchos de ellos se sienten solos y abandonados.
Hoy los vuelvo a invitar a voltear hacia abajo, a mirar con detenimiento, a observar la grandeza de cada niño, de cada niña. No permitan que les engañen ni permitamos engañarnos. La función de la educación (padres, madres y docentes) ser una ayuda para la vida. Si en algún momento perciben que en los centros de enseñanza en lugar de educar adoctrinan o que sus hijos e hijas en lugar de aprender a aprender memorizan, levanten la voz. Todos somos corresponsables en esta tarea de aprender a ser buenas personas.

viernes, 2 de abril de 2010

En la escuela de mi hijo se monta en burra

En el calendario de los padres españoles, marzo se marca con un MATRICULA en rojo y con mayúsculas. Sabemos que para los debutantes comienza el calvario de la búsqueda de escuela, el papeleo, la suma de puntos y las indagaciones en torno a las coles del barrio y sus posibles diferencias.
El año pasado como familia nos vimos envueltos en ese trajín. Estábamos inmersos en un modelo que restringe posibilidades, primero porque la libertad de elección se limita a la oferta que brinda el espacio físico. La mayoría de los puntos los otorga la cercanía al centro educativo. Si corres con suerte un buen centro concertado con un modelo alternativo al tradicional te puede tocar, pero para asegurarlo tienes que tener más puntos que la mayoría (familia numerosa, incapacidad, madre soltera…) de lo contrario el candidato a aprendiz entra a un concurso un tanto traumático para los padres. Sólo unos cuantos entran, el resto queda a merced de la mala suerte, y lo digo así porque entrarán en aquellos centros que fueron descartados como primera opción por decenas de familias y que por tanto tienen plazas vacías.
Pero son tan pocos los que ofrecen una educación alternativa que al final uno acaba dándose cuenta que la fortuna está en el o la maestra que le toque a tus hijos. Y así fue nuestro caso. Recuerdo que hace un año cuando escribí el artículo
El calvario de la escolarización recibí muchas cartas de padres preguntándome por escuelas o sobre los aspectos a tomar en cuenta para la buena elección del centro. Yo me considero una verdadera disidente de la educación pública tal como se encuentra estructurada en España. Lo digo a sabiendas de la controversia que esto puede generar. Bastaron tres semanas en una escuela pública para ver cómo el espíritu curioso de nuestro niño se iba apagando en una sillita verde de la cual no se podía mover en siete horas.
Son tan pocas las escuelas concertadas que ofrecen un proyecto alternativo al tradicional o las que logran sobrevivir cuando se ven obligadas a se ofertadas a familias que poco o nada se interesan por su proyecto pedagógico, que termina siendo todo un poco de lo mismo.
Como padres creemos firmemente que la educación es la única herencia que podemos dejar a nuestros hijos. Así que en lugar de invertir en cosas innecesarias o triviales, su dote se deposita mensualmente en una de las pocas escuelas que nos han conmovido.
La casita de Martín es un paraje muy lindo en medio de un bosque de altos bloques de pisos de verano. Un sitio en dónde los niños juegan aprendiendo y aprenden jugando. Las cabañas (aulas) con nombres de viento, luna, estrella, están inmersos en una granja y comparten el espacio con un monumental toro, una burra llamada Santa que los pasea con frecuencia, cuentan los huevos de las gallinas, descubren que la primavera se acerca observando la aparición de los azahares en los naranjos, cuentan cuentos en un Tipi, realizan murales con diversas técnicas y lo que es más maravilloso, disfrutan de las fiestas que los adultos preparan para ellos, pues en este centro los niños no se disfrazan para cantar un villancico sino que los padres representan un belén viviente, cantan, bailan y hasta tocan instrumentos para los niños. Es una verdadera comunidad educativa, de esas que quedan pocas. La clave: la calidez.
Nos quedan dos años más de tranquilidad, después habrá que pensar en la primaria. Confío que para entonces volveremos a encontrar un oasis como este.

martes, 23 de marzo de 2010

Cuatro vueltas al sol


Los niños y niñas montessori festejan sus cumpleaños dando vueltas a un sol de madera situado al centro de un círculo que representa una órbita. En sus manos llevan un globo terráqueo como símbolo de aprecio a su casa la Tierra. Dan tantas vueltas como años tienen. No dicen: ´tengo cuatro años´, dicen: ´he dado cuatro vueltas al sol desde mi nacimiento´. Al finalizar comparten una selección de fotos que han dispuesto con sus padres en un pequeño álbum, en donde muestran a sus compañeros y compañeras su crecimiento. Piensen unos segundos cuántos conocimientos han adquirido estos pequeños con este evento tan significativo en su vida. No hay piñatas, chuches, ni platos con superhéroes, no hay regalos, sólo el interés que sus compañeros han puesto a su vida y el reconocimiento de su estar en el universo.
Mi niño ha dado cuatro vueltas al sol...

El orden lleva a la disciplina


Entonces comprendí que en el ambiente del niño todo debe estar medido
y ordenado, y que la eliminación de confusiones y superficialidades
engendra precisamente el interés y la concentración.
María Montessori


Cualquier cosa que nosotros hagamos será emulada por nuestros hijos e hijas. Ellos necesitan una referencia para el comportamiento. Es por ello que antes de cuestionarnos porqué actúan en forma errónea o incorrecta debemos mirar hacia nosotros. Si no tenemos disciplina en la vida (orden, horarios, hábitos…), no podemos pedir que ellos la tengan. Si nuestra vida es caótica, la de ellos también lo será.
Si a todo esto aunamos que vivimos inmersos en una sociedad en la cual la armonía pierde valor, en donde hay que correr para “ganar” tiempo y tener mucho para gastar más, en donde la violencia tácita en los medios de comunicación acrecienta nuestra indolencia e indiferencia, resultará complicado, por no decir imposible, conformar un recinto de paz en nuestros hogares.
La respuesta a aquellos padres y madres que deseen procurar ambientes propicios para que el desarrollo de sus hijos e hijas sea sano e integral, está en el cuidado del orden que rija sus vidas.
En otras ocasiones he mencionado que el espacio debe estar adecuado a las necesidades e intereses de los niños, de tal manera que nada sea un obstáculo en su aprendizaje. Pero no basta con comprar muebles a medida o adecuados para generar el orden. A los niños hay que enseñarles a moverse en el espacio con cuidado y respeto. Deben entender que todo en casa tiene una función que se debe respetar y los padres debemos recordárselos con palabras y actos: `esta es una mesa y en ella comemos´, `el sillón sirve para sentarnos, nunca para saltar´. Pero si al ver la tele, subimos los pies a la mesa, el mensaje se contradice y el aprendizaje se coarta.
El movimiento también se educa y este aprendizaje del autocontrol es vital para lograr una buena disciplina. Los recién nacidos aprenden a moverse dentro de un espacio limitado, no se trata de poner barreras físicas sino de enseñarles a controlar su cuerpo. La supervisión, la vigilancia y la protección son de suma importancia en los primeros años de vida. Nuestra labor es ser ejemplo de cómo se sienta correctamente, cómo se abre una puerta, cómo andamos sin tropezar con las cosas. Es muy importante que hagamos un refuerzo verbal y en lugar de decir `Te vas a pillar un dedo, deja la puerta´, a la niña se le indica, la puerta se cierra así (con la acción acompañada) y se le puede ejemplificar el error `si pones la manita aquí, cuando cierre la puerta te puedes pillar´. Esto lo comprende sin problemas un niño a partir de un año. Como verán no sólo es ordenar el espacio sino aprender a moverse en él de manera correcta.
Lo mismo sucede con el tiempo. Una vez marcadas las rutinas, hay que ser respetuosos y consecuentes con las horas determinadas para cada actividad. Si rompemos continuamente el horario, el mensaje que estamos transmitiendo es de inseguridad, de poca certeza, cosa que a los niños atemoriza y violenta. Si por alguna razón el horario se va a romper, es importante que le avisemos a nuestros hijos que un cambio previsto va a ocurrir: ´esta noche cenaremos fuera de casa porque es un día especial y mañana no hay que despertarnos temprano´.
Mientras los niños se habitúan al horario familiar (en caso de que no se lleve de manera natural desde su nacimiento), es importante recordarles qué es lo que sigue, un horario con dibujos es muy ilustrativo para los pequeños.
Los niños y niñas menores de seis años tienen periodos de concentración más profundos que largos, logran sumergirse en una actividad que aún cuando parece repetitiva, tiene una función específica y trascendente, la de lograr la maestría. No podemos sacarlos de estos periodos como si lo que hicieran no tuviera importancia. La mejor manera de irlos llevando a la siguiente actividad es mediante el aviso previo. Unos diez minutos antes de que llegue la hora del baño se le avisa: `ya viene la hora del baño, en cinco minutos más dejamos de jugar y recogemos´. Es importante que verifiquemos que la niña o el niño se ha enterado y que nos de una muestra de ello. Un `vale´, `sí´, o `de acuerdo´ son suficientes. Al principio nos costará un poco más si están habituados a persuadir a los padres con el llanto; es aquí cuando papá y mamá tienen que actuar en una misma dirección y recordar que se ha hecho un acuerdo. Para estos primeros días conviene ir al horario gráfico y recordar qué es lo que sigue y mencionarle que mañana habrá tiempo para continuar con lo que se hacía.
Y por último les recuerdo la importancia del orden interno, tanto ideas como emociones deben ser cuidadas. Hay que impedir la entrada de violencia a nuestro hogar y vigilar nuestro vocabulario o la forma en la que nos dirigimos a los miembros de la familia; si damos posibilidad al diálogo o si sólo estamos propiciando la discusión y la sinrazón. Recordemos que el diálogo también ordena ideas, da posibilidad de potenciar un pensamiento crítico, creativo, reflexivo. Pero sobre todo nos conduce hacia la escucha, el respeto, la tolerancia y la inclusión.

jueves, 18 de marzo de 2010

Las matemáticas a colores con Bancubi


Si no permitimos que los niños experimenten el descubrimiento del mundo a través de los sentidos durante los tres primeros años de vida, será injusto exigirles que comprendan conceptos abstractos más tarde. A la mayoría de los niños educados en las escuelas tradicionales en donde los conceptos se memorizan, el mundo de las matemáticas los sobrepasa. Si para muchos de ellos que no han salido nunca de la ciudad, imaginar una granja con vacas resulta complicado, pensemos a dónde se va su mente cuando les pedimos que asimilen el cero y su función. La primera vez que vi una raíz cuadrada lo hice a colores. Tuve que esperar tres décadas para experimentarlo y mi maestro fue un pequeño de cuatro años que manipulaba el material montessori conocido como el “binomio al cubo”. El chiquito, sin saberlo, elaboraba una formula matemática compleja, dando orden a seis prismas y dos cubos, de tamaños y colores diferentes para formar otro cubo. Su capacidad psico-senso-motora le permitía ejecutar con maestría movimientos precisos para acomodar cada pieza en su sitio (a mi me llevó el triple de tiempo hacerlo por primera vez). Pero lo que se estaba almacenando en su cabeza era una serie de datos que, dos años después, le llevarían a deducir por sí mismo la fórmula del binomio al cubo. Profundamente atraída por la magia de estos materiales comencé a desarrollar junto con un grupo de guías montessori, dos líneas secuenciadas de capacidades matemáticas: la centrada en lo aritmético y otra en lo geométrico. Un mapa que me permitió comprender con claridad un mundo que antes me resultaba impenetrable y hasta indeseable. Pero lo más interesante fue comprobar que sí existe un orden lógico de habilidades registrables que nos permite identificar el momento cognitivo en el que se encuentra cada alumno en esa área específica del conocimiento. Si un adulto ajeno al método montessori entra en esos ambientes de trabajo, podrá ver niños absortos trabajando con materiales de colores; algunos por ejemplo, estarán formando cadenas de bolitas de colores, pero si observa bien se dará cuenta que están practicando el conteo salteado. Cuando construyen cubos de un metro de arista (lado), están comprobando su capacidad de almacenamiento. Si deambulan por el aula mirando hacia las esquinas, es porque están descubriendo ángulos. Si están sentados en un tapete “jugando” con un tablero de ajedrez de tres colores es porque aprenden a multiplicar. Y si arman escaleras de colores con barritas azules y rojas, es porque están sumando o restando. No necesariamente están acompañados de un adulto, pues una vez que la guía les presenta el material, los chicos están listos para trabajarlo de manera individual. Este procedimiento se repite con cada área del conocimiento que además se integra con las otras en unas hermosas lecciones narradas. En medio de este trabajo me sorprendió observar que los alumnos de entre diez y once años, que comienzan a aprender estrategias matemáticas para la educación secundaria, como lo es el registro de procesos, anotaban primero el resultado y después realizaban el procedimiento como medio para comprobar. Cuando les pregunté cómo podían resolver una operación sin procedimiento, uno de ellos tomó tres lápices de colores (rojo, azul y verde) y en un papel dibujó una cadena de cuadrados de colores, en ella representaba un número. Cada color se correspondía con el sistema de unidades, decenas y centenas. “Así es como lo veo en mi mente”, me dijo. Los chicos “manipulaban” dentro de su cabeza esos sesenta cubitos de colores que desde los tres años llevaban en su mochila y con los cuales habían aprendido a sumar, restar, multiplicar, dividir.... Tengo la fortuna de conocer a Tere Maurer, una generosa mujer que logró encontrar la forma perfecta de llevar el mundo de las matemáticas montessori a cualquier escuela aún cuando tenga un sistema tradicional. Después de observar y trabajar durante muchos años con los niños y guías montessori, elaboró un método cuyo material cabe en tres maletas y sirve para trabajar desde los tres años hasta los trece. Bancubi se puede resumir en una frase, una forma divertida de descubrir las matemáticas. Lo más hermoso es que cuenta con unas normas conocidas como “reglas del juego” que podrían parecer disparatadas para cualquier maestro de escuela tradicional: Nadie se equivoca pues estamos aprendiendo, respetamos el turno, todos prestamos nuestras mentes, prohibido decir ´no´, vale copiar al vecino, puedo aprender de mi error, hay muchas formas de resolver el problema y todas son válidas, si termino guardo silencio, observo y pongo la manos en mis rodillas, puedo ayudar a mi compañero. Recuerdo la ocasión en que los chicos que se graduaban de la primaria montessori, aceptaron el reto de compartir sus conocimientos con niños más pequeños que ellos, chavales de menos de doce años que se rehabilitaban de su adicción drogas industriales (pegamentos y cemento). Nunca he vivido mayor sensación de dicha que la de ver la cara de aquellos niños que descubrían las matemáticas formando frentes de centuriones con los cubos de Bancubi. Y mientras los pequeños que habían pasado su infancia detrás de una nube de adicciones gritaban “sé dividir”, los chicos montessori experimentaban la felicidad de poner al servicio de los demás el conocimiento. Si queremos que nuestros hijos sean felices, procurémosles espacios en donde puedan vivir la experiencia del descubrimiento, de la colaboración, del servicio y del respeto. Un lugar en donde hasta las matemáticas sean divertidas.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Con gracia y cortesía, por favor


Una amiga muy querida, que dedica gran parte de su día haciendo las funciones de mamá de los niños y niñas de dos casas hogares, me comentaba preocupada que las condiciones paupérrimas de donde vienen sus pequeños han impedido que desarrollen actitudes de gracia y cortesía. La mayor parte de ellos han llegado a su cuidado porque fueron retirados de sus familias a causa de la violencia, el desamparo, el abuso...
No quiero ser pretenciosa, me decía, pero me da miedo que su no saber estar les cierre más puertas de las que ya tienen cerradas. Y puedo entenderla. Sin embargo yo conozco muchos niños que viven en contextos privilegiados, que estudian en escuelas de renombre y poseen apellidos con pedigrí, cuyo actuar es muchas veces más descortés y menos agradecido que el de sus niños. Al menos, le dije, tus niños no tienen el terrible defecto de la prepotencia o la arrogancia.
Lograr que nuestros niños y niñas sepan dar las gracias, declinar una propuesta con cortesía, saludar amablemente, solicitar algo o pedir ayuda por favor, dar la bienvenida, ceder el paso a otra persona, disculparse, hablar con un tono de voz adecuado, pedir permiso, ser buen anfitrión conlleva un trabajo profundo y muy conciente por parte de los adultos que los guiamos.
El grato recuerdo que dejan aquellos pequeños que pasan por nuestra vida siendo amables, gentiles, respetuosos, se queda para siempre. Como maestra de muchos alumnos de todas las edades, me quedo con aquellos que me han generado una impresión positiva de buena educación. Alumnas y alumnos que saben esperar su turno, que respetan la opinión o postura de sus compañeros, que presentan argumentos contrarios sin faltar al respeto a sus interlocutores, que saludan cada mañana, que dan las gracias al final del día. Llevan en sus manos una llave que abre puertas. Una carta de recomendación firmada por todos los que les conocen.
La doctora María Montessori lo sabía y reconocía en esas actitudes todo un código cultural que quiso resguardar en una serie de lecciones conocidas como “gracia y cortesía” y que hoy seguimos aplicando los docentes y padres que creemos en su filosofía. Lo más hermoso de estas lecciones es que son apropiadas para todas las culturas pues en ellas prima el respeto hacia el otro, la cordialidad, la amabilidad, el servicio comunitario y la bondad.
Voy a tratar de trasmitir con brevedad la clave de los ejercicios para que puedan ponerlos en práctica en casa, pero debo insistir en la importancia de la perseverancia por parte de los adultos, la auto corrección de nuestros malos hábitos o actitudes incorrectas y el saber reconocer nuestros fallos con una disculpa a tiempo, porque es la mejor manera de enseñarles que los fallos son propios de los humanos pero que una actitud de humildad y deseo de corrección, pueden cambiar las cosas.
Así pues, estas lecciones son una serie de situaciones que tenemos que modelar continuamente los adultos con plena conciencia e intención de imprimir la actitud en nuestros hijos. Entre más pequeños sean los niños y niñas, más fácil es lograr la impresión, pues los pequeños de entre dos y cinco años gustan de imitar situaciones. Sin embargo, cuando una adolescente observa una actitud de respeto y cortesía hacia ella, su reacción primera es ser amable. Para los más pequeños es importante hacerles saber que les estamos modelando, es por ello que siempre debe ir acompañado de un refuerzo verbal: “en esta casa nos pedimos las cosas por favor”, “nosotros siempre damos las gracias”. Pero también cuando cerramos una puerta, ordenamos los juguetes, esperamos un turno para hablar o ver la televisión hacemos hincapié en que esa es la manera en la que se hacen las cosas en casa. La actitud se imprime en el tono de voz y en la suavidad de los movimientos. Cerramos las puertas suavemente, nos movemos con calma, nos hablamos con un tono adecuado, movemos las sillas sin molestar a los vecinos. Con ello estamos enseñando a nuestros niños y niñas a fortalecer su autocontrol al tiempo que los sumergimos en un ambiente armonioso.
Los padres y madres somos mucho más susceptibles a cambiar de actitud o desistir del intento de modelar, que los maestros. Los hijos e hijas no suelen hacer berrinches en la escuela, tienden a contener su frustración con mayor facilidad sabiendo que los límites están claros y que la maestra muestra la misma actitud con todos los compañeros. El secreto en casa está en la paciencia, en el saber que los berrinches serán temporales y que si logramos salir victoriosos de la primera infancia, tenemos la batalla ganada. Nuestro fin es lograr que nuestros niños y niñas muestren tolerancia a la frustración, que acepten un `no´ por respuesta, que esperen su turno para hablar, que se comuniquen sin dar gritos.
Si en algún momento vemos que nuestros hijos e hijas equivocan su actitud, es bueno repetirles con calma: “¿recuerdas en que tono nos hablamos en esta familia?”, “¿recuerdas que cuando estoy hablando con alguien tienes que esperar a que termine para poder atenderte?” o “te recuerdo que pedimos las cosas sin llorar”.
En las escuelas Montessori este trabajo es fundamental para lograr una actitud positiva frente a la vida y por ende, frente al aprendizaje; nos lo tomamos tan enserio que a las alumnas y alumnos se les modela cómo ordenar el material, cómo caminar por las aulas, cómo poner un florero, cómo saludar a las visitas, cómo pedir disculpas si tropiezan con alguien, cómo entrar sin correr después del recreo. El resultado, créanme, es sorprendente: jovencitos y jovencitas de trece o catorce años que traspiran armonía y respeto con solo caminar.

viernes, 12 de marzo de 2010

Y el tiempo se detuvo.


Llegué a Andalucía cuando mi niño recién cumplió los tres meses. Acababa de dejar la coordinación de un maravilloso Colegio Montessori en el cual aprendí durante un par de años a observar a los niños.
Desde la postura de María Montessori, es imprescindible observar antes de programar, crear o elaborar un trabajo para los pequeños. Son ellos quienes, desde su propio interés se van acercando al conocimiento. Por ello es tan importante respetar su ritmo y tendencias naturales.
Firme creyente de su filosofía, llegué a vivir a la tierra más anárquica y alejada de la postura montessoriana. El orden que sugiere para crecer con armonía reina por su ausencia en estas calles malagueñas. Recuerdo que los amigos se sorprendían cuando me negaba a mantener a mi hijo en la carreola a la intemperie después de las nueve de la noche en una terraza de algún bar. Los niños en esta tierra se adaptan al ritmo y espacios de los adultos y no al contrario.
En casa hemos tratado de que los niños tengan un horario establecido, una rutina que les de seguridad y les marque las pautas a seguir diariamente. En esta tierra se llega a pensar que esta forma de trabajar con los niños es demasiado rígida y probablemente podría llegar a serlo si no se tiene en cuenta -ante todo- el ritmo del niño, esos momentos mágicos en los que observamos que nuestros hijos e hijas están sumergidos en una actividad que los está acercando a un nuevo saber, a una forma diferente de entender su entorno.
Hoy tocaba el baño, como cada día, a las siete y media. Cuando me dispuse a avisarle a Iker que su tina estaba lista, observé desde la puerta del cuarto que estaba colocando las letras de imán con el esmero de quien desea aprender a escribir. Con sus tres años (muy entrados en cuatro) jugaba a formar palabras.
Era un pecado interrumpir ese momento mágico, ese periodo de concentración profunda (como lo llamaba María Montessori), así que paré el tiempo y disfruté observando a mi niño crecer.