sábado, 18 de mayo de 2013

Pasos hacia una disciplina positiva

Una de las mayores preocupaciones de los padres continúa siendo la formación disciplinaria de los hijos. Y es que la disciplina centrada en la sumisión y obediencia ciega que funcionaba hace una o dos generaciones ya no responde a los modelos actuales. La rigidez de los sistemas políticos o religiosos que en antaño marcaban con claridad los ejes de autoridad absoluta, afortunadamente hoy son rechazados en las sociedades democráticas. Creemos (al menos en teoría) en la libertad de pensamiento, en el diálogo y en el consenso. Sabemos que la negociación es necesaria para lograr beneficios individuales y comunitarios.
Sin embargo, cuando me entrevisto con algunos padres y madres, muchos de ellos se muestran frustrados por que su sistema de disciplina no funciona en casa; recurren a la experiencia personal para comparar cómo es que en sus años de infancia la autoridad paterna era irrevocable: “cuando papá llegaba a casa, no había más ley”. “Con un bofetón era suficiente para no volver a levantar la voz a mi madre”. Es decir, en la práctica diaria, y a puerta cerrada, muchos hogares pretenden seguir siendo pequeños cotos ´dictatoriales´. A todos esos padres les recuerdo que el someter a los niños al condicionamiento del castigo o el miedo, además de generarles un efecto dominó negativo en el plano emocional y espiritual, les impide comprender que las consecuencias suceden como resultado de las decisiones que ellos toman.
Durante más de dos mil años (sin ir más allá), el pensamiento occidental se encargó de promover una terrible disciplina en la cual el control del individuo se debía depositar en un agente externo. Una idea que lamentablemente se sigue reproduciendo en la escuela tradicional y en muchos hogares. Hoy se sabe que la verdadera disciplina se acerca al pensamiento oriental que enseña que cada persona es capaz de controlar su vida en el plano físico, mental, espiritual y emocional, así como en el autocontrol de la normativa del mundo social. Estamos hablando de un trabajo profundo que se inicia desde el día en que el ser humano sale del vientre materno y culmina una vez que esta persona asume que la libertad debe ir siempre ligada a la responsabilidad.
Hace poco un amigo me preguntaba, en referencia a la educación de sus dos hijas pequeñas, que a qué edad se debe comenzar a negociar con los niños. Es claro que su proyecto educativo familiar busca ser horizontal (todos se tratan como iguales), pero él, al igual que muchos otros padres, teme (y es natural) que su idea de democracia familiar se desborde en un estilo de disciplina permisiva que puede ser tan dañina como la de la rigidez absoluta. Hablaríamos entonces de pequeños dictadores con padres a su servicio. Como verán, son dos aspectos que hay que tener en cuenta cuando nos planteamos el modelo de disciplina que queremos manejar en casa.
Para comenzar me gustaría defender que la clave de una buena disciplina en casa está en el amor que profesamos a nuestros hijos por el mero hecho de ser; pues la base de la disciplina con dignidad está en el respeto y por ello debemos evitar poner expectativas o etiquetas y mantenernos abiertos y flexibles a los intereses que vayan mostrando cada día. Todos conocemos casos de niños que nacen con el uniforme de un equipo de fútbol puesto, una carrera vislumbrada, una personalidad deseada, niñas que pasan su infancia como modelos o cumpliendo el sueño de la madre de ser cantante o bailarina. Algunos seres humanos tenemos el terrible defecto de amar a las personas por lo que van a llegar a ser y dejamos de disfrutar su bella naturaleza. Y cuando hacemos eso entramos en el mundo de la coacción y esclavitud, y en ese territorio no cabe el respeto.
A otros tantos nos encantan las comparaciones. Y créanme que no hay nada más triste que ver a una mamá o a un papá desilusionado porque su hija no está cumpliendo sus expectativas o no se parece a su hermana mayor. Y lo que es aún peor, etiquetándolos de ´malos´ porque no responden a un sistema de normas ilógicas que ellos mismos les han impuesto. Los niños no deben ser tratados cual objetos moldeables sino como Individuos en desarrollo.
Todos sabemos que es imposible hacer un proyecto (de cualquier índole) sin antes tener un panorama claro de la situación. Lo mismo sucede con los niños. Es necesario observar con profundidad las características de nuestros hijos y pensar en sus inclinaciones, necesidades y formas de aprender el mundo. Porque, vuelvo a repetir, cada hijo, cada hija, es un ser individual y no podemos pensar que el proyecto familiar va a funcionar de la misma manera para todos.
Así pues, el proyecto educativo en casa (en el que se incluye la disciplina) debe ser como un bambú: fuerte y flexible. Fuerte en el sentido de que debe estar sustentado en valores inquebrantables como los son el respeto, la armonía, el cuidado por el otro, la cooperación, la solidaridad, la interdependencia, el diálogo… y flexible sobre todo en el entendimiento de que las diferencias requieren un trato especial, de que la tolerancia ayuda a reconocer que el otro es valioso aún cuando no comparta del todo su visión del mundo y de que las emociones a veces nos llevan a reaccionar de maneras distintas.

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